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Ilustración de Richard Estes |
Se me
acerca convencido de que lo voy a escuchar. Me pilla con la guardia baja, y lo
consigue. Es joven y lleva chándal. Aparenta un nerviosismo como de vodevil.
Observo una pequeña mancha de aceite en su camiseta mientras le oigo explicarme lo apurado que está. Nunca le había pasado,
se ha quedado colgado y nadie le puede venir a buscar. No me puedo imaginar la
vergüenza que le da tener que pedir dinero para un billete sencillo.
-Te
acompaño- le digo, mientras sigo mi camino hacia la boca del metro-. Así te
compro el billete.
Continúo
bajando el último tramo de Paseo de
Gracia, y al llegar a Plaza Catalunya me dice que no, que él tiene que ir en
autobús. Lo miro de reojo un instante. La brillantina de su pelo produce un
destello metálico que me recuerda al ala de una mosca. Como la que se aloja
desde hace un rato tras mi oreja.
-Pues
te acompaño al autobús, no te preocupes, no tengo prisa-le digo, cambiando el
sentido de mi marcha.
Tres
pasos más.
Me
dice: Es mentira. Lo quería para comer. Para comprarme un bocadillo.
Le
digo: ¿Ah, sí? ¿Es mentira? Pues aquí te quedas.
Me doy
la vuelta con gesto ralentizado y digno. Empiezo a caminar en dirección al
metro. Noto un cambio en la calidad del
aire, como si algo se hubiera espesado a mis espaldas, un resorte encajando en
su mecanismo. Apunta a mi cabeza. Dispara una ráfaga con los más floridos
insultos, que me alcanzan de lleno justo antes de entrar en la boca del metro.
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