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Ilustración: Mike Worrall |
Aquella fatídica noche la yaya
Martina perdió a la mitad de su marido.
Desde entonces él canta pero no habla, copia pero
no escribe. Juega al parchís pero no a los bolos. Sonríe dibujando una
asimétrica media luna.
La yaya sabe que él solo la ve si se acerca
por la izquierda. Desde ese lado le habla, en una conversación en la que ella
inventa y pone voz a la otra mitad. Ya no discuten, solo se miran y se
interpretan, como si buscaran salir de
un laberinto.
Ella se empeña en compensar
esta extraña partición: ahora le quiere el doble que antes. También está el
doble de cansada. Nunca imaginó que se pudiera morir a plazos.
Ya está empezando a habituarse a este nuevo marido manso y silencioso, a esa línea imaginaria que divide su cuerpo en dos, dejando una garra a un lado y una mano al otro, a ese movimiento infinito de ida y vuelta de la cama al comedor en la silla de ruedas.
Contempla los radios de las enormes ruedas que giran como un interrogante a lo largo del pasillo.
No entiende, pero acepta. Como cada vez que la vida le dio una noticia inesperada.
Ya está empezando a habituarse a este nuevo marido manso y silencioso, a esa línea imaginaria que divide su cuerpo en dos, dejando una garra a un lado y una mano al otro, a ese movimiento infinito de ida y vuelta de la cama al comedor en la silla de ruedas.
Contempla los radios de las enormes ruedas que giran como un interrogante a lo largo del pasillo.
No entiende, pero acepta. Como cada vez que la vida le dio una noticia inesperada.
Con este texto he participado en la convocatoria de Junio de Esta noche te cuento, con el tema "En el laberinto" http://estanochetecuento.com/hemisferos/
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