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martes, 22 de septiembre de 2015

Brontës-Beatles. Haworth-Liverpool. Beatriz-Paz. Un viaje a dos ( I) Haworth, abril 2015



        “El típico personaje de Brontë es una especie de monstruo, en el que todo menos lo esencial está deformado: tienen las manos en las piernas, los pies en los brazos y la nariz en la frente, pero el corazón está en su sitio”
                                                   G.K. Chesterson           



Una tormenta de nieve desciende lentamente -como si alguien le hubiera dado la vuelta a una de esas bolas de cristal con paisaje suizo en su interior- sobre la crónica que Virginia Woolf escribió en noviembre de 1904 ( titulada escuetamente “Haworth, November 1904”) tras su visita a esta localidad situada en los remotos páramos ingleses.  El gélido paisaje que dibuja el texto se derrite y se convierte en magma literario en el momento en el que la escritora se introduce en la vieja rectoría donde vivió la familia Brontë.
La mañana de abril en la que Beatriz y yo llegamos a Haworth, 111 años después, no nieva. Ni siquiera llueve. Pero al atravesar el umbral de la puerta de ese edificio notamos como si la membrana del tiempo se combara y por un momento confluyéramos con la escritora para hacer juntas la visita. Entre otras cosas ella nos explica que, al visitar la casa de un gran escritor, la curiosidad está solo legitimada cuando la visita añade algo a nuestro conocimiento de sus libros. Con  semejante expectativa entramos al Brontë Parsonaje Museum, un caserón feo y respetable desde cuyas ventanas los niños del reverendo Patrick Brontë podían contemplar las lápidas del cementerio que les servía de jardín.
En ese momento me queda por acabar de leer un veinte por ciento de mi ejemplar electrónico de Jane Eyre, la novela de Charlotte Brontë. Tiempo atrás leí Cumbres Borrascosas, de su hermana Emily. Ya he viajado, en mis lecturas, a los páramos que ahora acabamos de atravesar en autocar en la última etapa del viaje que empezó a las nueve de la mañana en la estación de Liverpool. Ya conocía la empinada calle principal de este pueblo dedicado a que los turistas conozcan a esta peculiar familia, la había visto en los reportajes de otros viajeros. Al acceder a la casa-museo nos da la bienvenida una voluntaria con acento claramente español. Y entonces, sólo entonces, me deslizo hacia una dimensión en la que inmediatamente se entremezclan el tiempo y la realidad con la historia y la ficción. Así, en las paredes conviven cuadros y grabados que representan a los héroes de la época con oleos pintados por Brandwell (el talentoso pero incomprendido hermano) y copias de retratos de las escritoras. Algunos de los muebles son los originales, mientras que otros son reproducciones que imitan las estancias de la casa basándose en los dibujos que hizo Brandwell. El reloj de pared al que el reverendo Brontë daba cuerda en un ritual que señalaba el final de cada día, nos contempla, indolente, mientras subimos las escaleras. A mi cerebro le gusta gastar bromas, y cuando veo el sencillo vestido de lana junto con los diminutos zapatos que se muestran en la vitrina de la habitación de Charlotte los atribuyo a la indomable institutriz protagonista de la novela que estoy leyendo en lugar de a su autora. También he pensado en Jane Eyre al pasar por la escuela del pueblo, y tengo muy presente a Rochester cuando me entero de que la escritora se casó con un caballero mayor que ella.
Me suele invadir este tipo de vértigo en los lugares históricos, claramente una patología de mi imaginación. No consigo añadir conocimiento, solo desbaratar el poco que tenía. Me temo que Virginia debe de estar algo sorprendida con el funcionamiento caótico y poco riguroso de mi cabeza, y me mira decepcionada por no saber separar el grano de la paja. Menos mal que Beatriz se fija en los datos y absorbe la información con la avidez de un detective: datos sobre la insalubridad de la zona, sobre la elevada mortalidad infantil -las inscripciones en las tumbas del cementerio dan fe de ello-, sobre las ocupaciones diarias de estas seis criaturas extrañas y enfermizas, a quienes una imagina jugando con soldaditos, cosiendo, escribiendo poemas épicos con letra impecable o estudiando alemán mientras la criada amasa el pan en la cocina, todo bajo la mirada atenta y melancólica del párroco viudo que vio cómo morían uno tras otro sus hijos en esa tierra remota y olvidada por Dios.


Antes de salir de la habitación de Charlotte levanto con disimulo el visillo que cubre una de las ventanas y contemplo las vistas: unas sombras oblicuas y verdosas tamizan el paisaje de lápidas que ocupa el terreno situado tras la iglesia. El vigilante me llama la atención: no se debe tocar nada. Pido disculpas y regreso a esa habitación que parece un mausoleo. Consigo sentir aquella mezcla de miedo y alegría que desprende la obra de la autora. Y decido que, a partir de ese momento, seguiré el proceder de Jane Eyre cuando dice: “Luego reduje la marcha y empecé a disfrutar y analizar la índole de placer que la hora y el entorno hacían germinar dentro de mí”.




Este es un fragmento de la crónica de un viaje que hice el pasado Abril con Beatriz Alonso Aranzábal  a Inglaterra para visitar las "birthplaces" de las Brontës y de los Beatles. Nos lo pasamos muy bien preparándolo, viviéndolo y reviviéndolo después en la escritura. 
Vamos a publicar nuestras crónicas conjuntas en algún momento, pero de momento subo este fragmento porque ha sido seleccionado como finalista en el VII concurso internacional Relatos de Viajeras. Casualmente ella también ha sido seleccionada,  con otro relato de un viaje posterior a Inglaterra. El libro ya está a la venta aqui





miércoles, 9 de septiembre de 2015

Pulseras con pinchos

    


     Empezar a trabajar —recién licenciada— dando clases a los cursos más altos en un centro de formación profesional de un barrio marginal tiene dos posibles consecuencias: o bien un suicidio profesional en toda regla con una difícil recuperación de los niveles de autoestima, o bien la formación de una capa de piel tan gruesa  que nada de lo que ocurra después llegue a ser realmente preocupante.
Cuando firmé el contrato no tenía ningún referente y me pareció sensato impartir seis clases diarias. Pensé que era una lástima que ninguna de ellas fuera de mi especialidad, pero acepté dar clases de química, matemáticas y física a seis grupos, con distintos temarios adaptados. Nadie me advirtió que esas asignaturas eran las “marías” para unos alumnos que solamente se encontraban en su salsa destripando coches en un taller, desmontando un circuito  o tecleando una máquina de escribir.
Tengo recuerdos difusos porque han pasado más de 25 años desde el día en que me planté ante la clase de “los eléctricos”. Recuerdo un aula enorme, con  35 chicotes de 18 años vestidos con camisetas heavy metal. Probablemente no todos las llevaban, pero me acuerdo como si fuera ahora de la indumentaria, las melenas y las pulseras con pinchos de los que se sentaban en la primera fila. Los miré y les dije sin mucha convicción: Soy vuestra profesora de física. Me parece que ellos tampoco se lo acabaron de creer.
Después vinieron las administrativas, cuyos complejísimos peinados y maquillajes contrastaban con la camiseta de algodón y los tejanos de su profesora, que llegaba a dar las matemáticas especiales con la cara lavada. Los delineantes resultaron los más abordables, los mecánicos los más difíciles. Mi misión era convencer a todas las familias profesionales de lo importantes y útiles que eran estas asignaturas. Si conseguía hacerme escuchar.
Me ocurrieron todas las cosas que pasan en las series americanas sobre High schools. No voy a humillarme contando los pormenores, todo el mundo ha visto esas películas. A cualquier profesor que le hicieran una autopsia lo encontrarían repleto de cicatrices, no iba yo a ser menos.
Yo estaba recién casada, viviendo en un apartamento oscuro y húmedo, en el cual cada mañana  dedicaba cinco horas a prepararme las seis clases que daría por la tarde de tres a nueve. Luego iba a hacer las fotocopias a la copistería del barrio, comía pronto y me iba hacia el centro de FP, diciéndome a mí misma que había tenido mucha suerte de encontrar un trabajo nada más terminar la carrera. Cuando por la noche regresaba, molida, entraba en mi estudio y tachaba con una cruz el día en el calendario.
Con el paso de los meses noté que, aunque los alumnos seguían haciendo de las suyas, llegó un momento en el que me tomaron un cierto cariño. Y yo a ellos. El momento culminante, en el cual tomé conciencia definitiva de ello, fue cuando uno de los eléctricos me dijo un día al salir de clase: Profe, este viernes vamos al Corte Inglés, ¿necesitas alguna cosa?. Ofrecerse a “afanar” algo para su profesora era una señal de amor verdadero.
El curso siguiente, con el calendario del curso anterior lleno de tachaduras todavía presidiendo mi mesa de estudio, aterricé en un centro con alumnos de clase media, haciendo un horario razonable de clases de biología, mi asignatura.
Sin hacer nada especial, en la presentación del primer día todos los alumnos se dieron cuenta de que tenía la epidermis de un lagarto. De repente tenía  autoridad. Me escucharon con los ojos bien abiertos, como si hubiera llegado una profesora llevando  pulseras con pinchos en sus muñecas.



Empiezan las clases de un nuevo curso. Subo este texto como un pequeño homenaje a los alumnos que vuelven a las aulas... y sobre todo a los profesores que entran como tales por primera vez en una de ellas. También lo muestro por si algún editor se pasa por aquí: este texto es la versión en castellano de una de las situaciones narradas en el libro "100 situacions extraordinàries a l'aula", escrita a cuatro manos con Jordi de Manuel. Disponemos de todo el libro escrito en castellano, pero de momento no encontramos quién se anime a editarlo.No pierdo nada por tentar a la suerte.