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sábado, 28 de junio de 2014

Tareas cotidianas

Ilustración: Duane Keiser 


Cada día  
inauguro un manantial o una  fuente,
limpio las legañas de los ventanales
preparo el instrumental de mi memoria
y pongo los sueños a remojo.

Enfrío los desalientos
engraso las bisagras de lo real,
cocino mis ansiedades,
bebo las lágrimas del monstruo interior.
Construyo castillos inestables, 
tejo un hilo de funambulista
y aseguro la red con clavos de caramelo.


Trajino con el tiempo,
negocio con el espacio,
riego con palabras mis libretas de colores
y las pizarras de las aulas.
Después, desconecto de la electricidad.


Me fundo con espectros melancólicos
y me alimento de sus cuerpos imperfectos.
Me enfrento con el silencio,
casi siempre me entrego a él,
o busco la luz por los rincones.

Por la noche
me enredo en el ovillo de la pereza
buceo con cachalotes
o juego con las sirenas,
aflojo el cable de acero
y me deslizo por una rendija
para buscar
   una nueva fuente o un manantial.



martes, 24 de junio de 2014

Alumbramiento





He vuelto a soñar que estaba embarazada. Esta vez paría a un niño diminuto y delicado como una miniatura de porcelana.
Al principio estaba muy contenta con mi hijito. Me cabía en la palma de la mano. Lo acunaba protegiéndole con el pulgar y el meñique y lo duchaba con la leche que salía por los agujeritos de una regadera de metal antigua. La inclinaba con cuidado para conseguir una lluvia suave, un chirimiri de leche que no arrastrara a la criatura, que no lo disolviera como un terrón de azúcar. El niño, todavía sin fuerzas para llorar, gesticulaba con todo su cuerpecillo y hacía pucheros con las pestañas empapadas y los morritos perlados de burbujas blancas. Después lo secaba y lo depositaba en el hueco que hay entre el colchón y el cabezal de mi cama, sobre un pañuelo de hilo. Y me iba a hacer mis tareas. Pero solo un momento. Enseguida volvía al escondrijo para comprobar si respiraba.
En una de las visitas habían entrado por la ventana dos mariposas de color naranja con inquietantes ocelos negros. Enredadas en plena danza nupcial, copulaban como dos abanicos frenéticos. Para proteger al nene de las corrientes de aire, lo he metido dentro de un dedal y he vuelto a mis obligaciones. Al volver al dormitorio para comprobar si dormía me ha parecido ver los cuartos traseros de una hiena desapareciendo por una esquina del pasillo. No le he dado mayor importancia, parece que el animal habitaba mi sueño con naturalidad. El caso es que el dedal todavía giraba desorientado y vacío en el suelo al entrar en la habitación, y las mariposas se habían convertido en orugas torpes y ciegas que ya empezaban a segregar hilos de seda entre la colcha y la almohada.
Cuando he despertado, la culpa por haber abandonado a mi bebé se me hacía insoportable, todos esos animales continuaban persiguiéndose dentro de mi cabeza, y ni rastro del niño. Me he incorporado un poco, con el cuerpo preñado de imágenes afiladas como colmillos, he respirado hondo y he procedido a dar a luz de nuevo un texto, como hago cada vez que sueño una gestación.
Pujo con decisión y noto cómo por fin se vierten afuera las ideas transformadas en algo diferente. Las contemplo embelesada, las limpio, las desinfecto y las visto con tejidos claros. Junto las palabras, las templo, las ordeno y me pregunto con  arrobo maternal si esta vez sobrevivirá la frágil criatura.


lunes, 16 de junio de 2014

Informe ( o El síndrome Grimm )







 Informe
Se trata de Caperucita.
Al principio, la alegría de la casa. Siempre haciéndole recados a su mamá , tarareando las canciones de moda y deseando tener éxito en el instituto.
Después, devorada sucesivamente por su profesor, su jefe, y ahora su marido que jura necesitarla y quererla con locura.
Lleva dos días en la casa de acogida, y esta tarde acaba de darse cuenta de que la directora tiene todos los rasgos de la cara sospechosamente grandes.


(fotomontaje de Pilar Mandl) 
 


Rescato este micro del baúl de los recuerdos y lo coloco de nuevo en el escaparate para celebrar que ha sido galardonado con un accésit en el I concurso colaborativo de Cuentos para el Andén.Y doy saltitos de  de alegría como una  Caperucita por el bosque antes de encontrarse con el lobo.
 http://www.grupoanden.com/convocatorias/relato/i-concurso-colaborativo/
Felicidades al ganador y al resto de compañeros seleccionados, especialmente a los que conozco personalmente:  Miguelángel Flores, Asun Gárate y Elena Casero.


sábado, 14 de junio de 2014

La que mira


Me viene a buscar a la sala de ordenadores.
-Oye, no has limpiado la cocina ¿no?
-Si, la acabo de limpiar- le contesto.
Me levanto y la acompaño para que lo vea. Cuando llegamos me señala la encimera vitrocerámica.
-Acabo de recoger el lavaplatos y todo el resto, pero tienes razón, la encimera no la he limpiado.
-Cada uno cuando acaba de preparar lo suyo tiene que dejarlo todo limpio para el siguiente. La coordinadora me ha dicho que hay restos de aceite y yo le he contestado que hace dos días que yo no cocino en esta zona, así que…Ah, y las sartenes no se meten en el lavaplatos. Ya la he sacado yo, pero para que lo sepas.
-Vale, ya lo limpio- le respondo.
-Lo mismo para el suelo, barrer y pasar la fregona. Así el siguiente se lo encuentra en condiciones.
-Pero aun falta gente por venir, y el suelo se friega al final ¿no?
-No, cada vez que se usa.

Salgo de la cocina, después de hacer todo lo que se supone que debería haber hecho, con un nudo en la garganta, con ganas de llorar.
Yo me había esmerado en recoger el lavaplatos con platos que obviamente no todos eran míos, en llenarlo de nuevo con mis cosas fregadas a mano previamente- tal como dice el cartel- para asegurar la eliminación de todos los gérmenes debido a la vulnerabilidad de los niños hacia las infecciones.
Me siento como una colegiala hipersensible a la que le ha regañado una maestra estricta, o la madre superiora. No, peor, me siento como cuando miro fotografías de guerra: inadecuada. Sorprendida por la absurda vacuidad de mi vida. Sintiendo más terror por mi propia inadecuación que por la situación en si, y ¿cuál es la situación?  La situación consiste en que una mujer, madre de un niño con leucemia al que no le encuentran donante de médula, me ha dicho , con una fuerza inaudita , que fuera más responsable, más aseada. A mí, que llevo en el centro solamente dos días y que trato de cumplir las normas escrupulosamente para pasar desapercibida. El problema es que nadie me había explicado todas las normas, no las he cumplido y ahora ya no soy transparente. Ya no me sirve el manto de invisibilidad que había tejido a base de de discreción, silencio y respeto  por el drama que están viviendo esas familias que pululan como zombies por la residencia.
Yo solo acompaño a mi sobrina durante unos días, sustituyendo a mi hermana. Ella no tiene cáncer como la mayoría de los niños que viven aquí mientras son tratados: lo suyo es un problema de traumatología con bastante buen pronóstico, la posibilidad de una intervención quirúrgica si las cosas se ponen en lo peor. Pero nada comparado con los efectos de la cortisona en Cristina, con la pierna amputada de Tamara, o con la espera de un donante compatible. Tengo la posición privilegiada de un voyeur, del que mira. Pero el que mira interfiere,  no se puede pretender mirar sin entrometerse. Yo no he sido invitada a esta fiesta. Me he colado. Y me acaban de pillar. Entre ellos hablan de plaquetas y trasplantes y yo querría desaparecer para que no tuvieran que desnudarse en mi presencia. El tremendo pudor a presenciar su dolor me ha convertido en una serpiente que se desliza por las esquinas, esquivando a los verdaderos protagonistas: madres que se sonríen y sacan fuerzas para hacer bromas y preparar comidas en común. Niños que viven con pasmosa naturalidad las vías abiertas que asoman por su cuerpo, la falta de pelo o su exceso como consecuencia de los antiinflamatorios, que juegan al futbolín o al último videojuego. Que rechazan con dignidad la compasión de los voluntarios cuando ésta es demasiado patente. Niños que desobedecen a sus padres, padres que les riñen cuando no quieren hacer los deberes o irse a dormir para reforzar la sensación de que no pasa nada. Adolescentes que no quieren ser acariciados por una mamá que necesita hacerlo. Sonrisas, ojeras marcadas, cansancio, carreras de sillas de ruedas. Vladi ha visto hoy por primera vez el mar, en Rumanía nunca lo vio. La hermana de Tamara  ha tenido un hijo hace diez días, dos días después de la amputación  y el bebé tiene un pelo crespo y africano. Ahora viven todos aquí con la abuela, dulce y grande como la tierra, que ha dejado cuatro hijos más en Nigeria.
Hay una calidad especial en el aire de la residencia Ronald McDonald, en la que se alojan los niños enfermos y sus familias. Una luz combada lame el espacio como lo hace una perra con sus cachorros, a veces se concentra y brilla atrayendo la esperanza hacia su núcleo, pero otras- cuando duda- es ubicua y sin centro. Una luz que vibra con la fragilidad y con la fuerza de estas madres que me han recordado que tengo que ser más responsable. Una luz que ya no pasa a mi través.



 La foto la hizo mi sobrino Elías. Yo estaba allí. Me parece una perspectiva genial. 
En este vídeo ( hecho también por Elías) mi sobrina Mar explica su experiencia en la casa Ronald McDonald.



viernes, 6 de junio de 2014

El mundo de las ideas




Ya no esperaba satisfacciones a nivel profesional. Jamás había pensado que sus esfuerzos heroicos en las aulas del instituto pudieran tener algún efecto real en los alumnos más allá de haberles proporcionado un cierto barniz de culturilla general para desenvolverse con alguna frase hecha, un leve recuerdo de sus clases, quizás  la sentencia de un filósofo que viniera a iluminar alguna encrucijada vital… Con esos destellos íntimos que nadie le iba a agradecer se consideraba más que pagada.  
Pero ahí está la vida con sus regalos inesperados, como el de ese mediodía de Junio en que la vieja profesora de filosofía entró en el metro en Zona Universitaria. En cuanto se cerraron las puertas se dio cuenta de que todos en el vagón-excepto dos turistas y una señora de la limpieza-estaban discutiendo apasionadamente sobre la inmortalidad del alma, la reminiscencia, el mundo de las ideas y el mundo de las cosas sensibles.
Nunca se sintió tan joven, útil y completa.
Por un momento se dejó llevar por la feliz circunstancia y fluyó en las conversaciones, dando la razón mentalmente a unos y rectificando conceptos demasiado simples en otros. Después se atusó el cuello de su camisa y  constató, con una pícara sonrisa, que otra vez había caído Platón en la Selectividad.




Rescato este microrrelato a pocos días de que empiecen las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAUs), por las que pasarán miles de estudiantes , entre ellos mis hijos Víctor y Sara. ¡Que la suerte os acompañe! 

lunes, 2 de junio de 2014

En horario de oficina

                                                                                                            Foto tomada en Nottingham

     A mí ella me daba mucha pena. Fue uno de mis primeros trabajos en el bufete. Era incapaz de mirarla a los ojos mientras llevé el caso en el que se inculpaba a su marido por no cumplir con el horario laboral. Si quieres mi opinión, hubiéramos tenido que llegar a los tribunales, así ella hubiera sabido la verdad. La mujer, cuando se enteró de que habían investigado a su marido por incumplir su contrato, no hacía más que repetir: “¡Mi pobre Manolo, con lo trabajador que ha sido siempre!” Le apoyó y creyó en él durante todo el proceso.
    Aunque al final llegamos a un acuerdo nada ventajoso para mi cliente, él quedó satisfecho porque su única obsesión era no comparecer a juicio. De esta manera no salió a la luz el vídeo de los detectives contratados por la empresa en la que trabajaba, en el que se le veía con la rubia entrando en un hotel en horario de oficina para menesteres clarísimamente distintos a los propios de un viajante.
   Esa mirada entre maternal y condescendiente- como quien consiente a un chiquillo- que le dedicó su mujer tras el pacto todavía me escuece en la memoria. 

                                                                                                                              Para Laura