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lunes, 13 de junio de 2022

La lluvia antes de caer

 

Jackson Pollock

Las tres toallas con textura de cartón-piedra podrían ser la causa del pestazo que tumba de espaldas al abrir la puerta de la habitación. O quizás sea algún bocadillo abandonado antes del final. En el peor de los casos, una compresa en proceso de momificación. Muy poco probable que se trate de una patata podrida, como a veces ocurre en la despensa, aunque no queda del todo descartado. La primera palabra que te viene a la mente es “cadáver”. Como aquella vez que se fue la luz durante las vacaciones, y a la vuelta la nevera supuraba un líquido rosado procedente del congelador. Pedazos de cadáveres de vaca en plena putrefacción. Te sentiste protagonista de una escena de CSI: la agente sensible pero huraña entrando en el lugar del crimen con un pañuelo en la nariz. Una nube hedionda cubriendo todos los objetos de la casa e impregnando nuestros cuerpos con una contundencia insoportable durante una semana completa, a pesar de la lejía.

En el caso de la nevera el foco estaba muy claro, pero esta vez es imposible localizar la fuente de la pestilencia en una primera exploración visual. En primer lugar, porque el olor es mucho más difuso, algo a medias entre el sobaco de un obrero al final de la jornada y el cubil de un oso. Definitivamente, no se trata de un fiambre sino de algo más sutil y etéreo.

Es, simplemente ─te dices, apretando la mandíbula y reprimiendo la náusea que avanza por tu esófago─ el mismísimo apocalipsis escenificado en la habitación de tu hija.

Lo acabas de ver. Y aunque es un paisaje conocido, no deja de golpearte la visión del cataclismo en el que ha acabado la esmerada educación que le brindaste a tu hija durante tantos años. Tu cerebro se defiende de esa realidad convirtiéndola en una descripción aséptica, en el inventario de lo que aparece ante ti: una promiscuidad de camisetas usadas desparramadas por el suelo, los apuntes del curso anterior junto al subrayador fosforito sin tapa, una taza con restos de café, la bolsa de la playa vomitando un reguero de arena. Y cubriéndolo todo, un último estrato de ropa limpia aterrorizada ante el remolino de entropía que se cierne sobre ella y por el que será engullida sin remedio. Un escenario de guerra tras el ataque definitivo.

Tú repites incansable la matraca, insistes en convencerla de que tiene que ordenar su cuarto. Pero la realidad también insiste en demostrarte que se trata de una batalla perdida de antemano.

La bella adolescente responde ─cuando entras descompuesta en su habitación─ que está en ello, que ya lo recoge, que no la presiones. Lo dice varias veces. A lo largo de varios días, incluso semanas. Pero cuando vuelves a asomar la cabeza, ella está sentada sobre varias camisetas (ay, de las recién planchadas) chateando. Un-momento-por-favor-estoy-ocupada.

 

De vez en cuando, la alumna aventajada de la escuela filosófica de Diógenes se atreve a decirte: Este fin de semana necesito dinero. No tengo ropa. La única solución posible, encontrada por una madre a la que consideras una gurú del tema de las camisetas y la educación integral del adolescente, es conseguir que la niña haga algún trabajito los fines de semana para sus gastos (en camisetas), como por ejemplo trabajar en una tienda de ropa doblando camisetas ocho horas al día. Pero mientras tanto, y hasta entonces, el asunto requiere un dispendio tremendo de adrenalina desperdiciada en contracturas, crujir de dientes y canas prematuras en las madres del primer mundo. Tal es la cantidad de energía desperdiciada que, haciendo acopio de ella se podrían escribir los mejores libros, escalar las montañas más altas e incluso bombear agua a cubos en una central hidroeléctrica y así generar electricidad extra para que puedan seguir conectadas a sus ordenadores hasta el momento en el que las arenas movedizas de las camisetas se las traguen definitivamente.

Pero hoy has reaccionado. Le has exigido que antes de quedar con sus amigas ordene su cuarto. El día ha transcurrido calmo en esa habitación, con sus horas y sus minutos avanzando implacables hacia la hora de la salida. Con los estratos de ropa fluyendo a favor de pendiente cual coladas de lava. Dos recordatorios por tu parte. La memoria a corto plazo de la chica completamente bloqueada. Se acerca la hora. Las amigas la reclaman por el interfono. No te vas si no recoges, aseguras. Ya lo haré. Has tenido todo el día, recuerdas. Qué más da, lo haré a la vuelta. Ese cuarto tiene que quedar limpio antes de que te vayas, insistes. No. Portazo.

Has tenido tiempo de ir a buscar la munición. Mientras las amigas esperan en la calle, te asomas al balcón. Están situadas justo debajo de ti. Puedes ver sus coronillas como pequeñas dianas. Parecen muy animadas, como si todo estuviera bien en el orden del universo. Esperas a que salga tu hija. Y en ese preciso momento, empiezas a llover. En una performance catártica, casi lírica, por fin se airean todos los trapos sucios de la guarida: camisetas, toallas, bragas y calcetines se elevan ligeramente al ritmo de tus brazos de bailarina para enseguida, en una coreografía sincopada pero bellísima, descender como maná caído del cielo sobre las desprevenidas adolescentes.

Respiras hondo. Te encanta el frescor de la lluvia al final del verano, te dices durante el larguísimo minuto que antecede al fango que llegará tras la tormenta. 


7 comentarios:

  1. Los y las adolescentes y sus habitaciones, una combinación para poner a prueba la paciencia de cualquiera, a ver qué haría ante una tormenta peefecta como esa el santo Job. Divertido y real. Un abrazo, Paz

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    1. Gracias, Ángel ! qué alegría verte por aquí. Sí, yo ya me estoy quitando de adolescentes, pero sí, son deporte de alto riesgo.

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  2. Desde fuera es gracioso, ahora bien, metida en trinchera la cosa debe escalar muy pronto hasta ponerse desagradable... lo poco que sé de los adolescentes es que son inmunes al raciocinio e incluso a los castigos. Básicamente harán lo que les de la gana :)

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    1. Por suerte esta adolescente en concreto es ya una mujer hecha y derecha...y súper-ordenada en su casa! Esta acción fue tan impactante para ella que constituye uno de los hitos de su supuesta educación. Y la cuenta muy divertida a quien la quiera escuchar. Una nunca sabe por dónde van a salir los traumas, pero a veces hay que elegir entre que el trauma sea para ti o para el adolescente jajaja

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    2. Me alegra que haya acabado bien, al final esos hitos de aprendizaje o te hacen mejor persona o te llevan años de psicólogo. Pero dices bien, puestos a elegir traumas mejor que sean para el adolescente que tiene más años para procesarlos :)

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  3. Acabo de pasar cinco días con mis nietos adolescentes... como abuela me limité a observar y me mordí la lengua mil veces... me encanta tu texto.

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  4. ¡Buenísimo, Paz!!!!!!!!

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