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viernes, 5 de junio de 2020

Coágulos

Rothko 


La cisterna del castillo templario de Miravet es un depósito del tamaño de algún otro castillo de una orden más modesta. En su época de esplendor una numerosa colonia de anguilas nadaba en su interior. Hay una abertura lateral desde donde los turistas nos asomamos para imaginarla llena y habitada por una vida resbaladiza y oscura. La presencia de esas inquietantes criaturas obedecía a tres motivos. El primero, que el movimiento de los peces oxigenaba el agua. En segundo lugar, constituía una reserva de pescado fresco para el caso de que al obispo de Tortosa se le antojara hacer una visita sin previo aviso. Y, por último y no menos importante, la presencia de estos animales con aspecto de serpientes obesas servía para detectar un posible envenenamiento del agua por parte del enemigo.
La bodega del castillo es un espacio todavía más voluminoso que la propia cisterna, pues lo único que bebían los monjes-caballeros era vino. El caldo de anguilas era usado únicamente para la cocina y la higiene.
En cuanto me he asomado a la ventana de la cisterna, me he acordado de él. He vuelto a ver a aquel joven doctor residente con cara de niño consentido y rictus tenso que me visitó en la sala de urgencias.  Lo vi entrar como una aparición, su torso de minotauro enmarcado entre mis rodillas cubiertas por una sábana, en medio de aquel olor mezcla de metal, desinfectante y sexo que todavía puedo evocar si me concentro. Sin ni siquiera saludarme, se dirigió directamente hacia mi vagina sangrante como quien observa el encaje de una pieza en una cadena de montaje. Aquellos tremendos coágulos que tuve semanas después del parto de mis mellizos, aquella hemorragia incesante que tanto me estaba debilitando… para él no era nada del otro mundo.  El fenómeno se llama metrorragia, una fruslería nada estimulante. Y tenía que irse. Así se lo hizo saber a la enfermera antes de salir, sin mirarme a la cara, sin preguntarme cómo me sentía, cómo estaban los niños, qué tal la familia, qué otros síntomas notaba, o cuándo era mi cumpleaños. Como si le molestara que ese medio cuerpo que él  examinaba estuviera unido a la otra fastidiosa mitad, se fue con prisas hacia su siguiente par de piernas abiertas. Él no me vio, pero yo sí le observé y, con esa clarividencia lánguida que da la sangre que escapa, me sentí capaz de leer su mente. Otra parturienta más incapaz de controlar su cuerpo. Otra receta de Amchafibrin. Otra cisterna recién vaciada con unas asquerosas anguilas obturando el rebosadero. Qué fastidio.
Mis mellizos ya tienen más de veinte años. Yo jamás volveré a ver a aquel médico al que solo le interesaban los cuerpos desmembrados, las palabras horribles y la impresión que causara en enfermeras y espejos.  Era joven y nadie me había enseñado a defenderme, a juntar todas las partes de mi cuerpo. Pero ahora, desde esta fortaleza milenaria, mientras miro las paredes resecas de la cisterna, imagino a una legión de anguilas que se deslizan hacia afuera como un solo organismo. Impulsadas por una furia fría y lenta, no descansarán hasta encontrar al enemigo.


Schiele

2 comentarios:

  1. No quiero disculpar al galeno, también los he sufrido y me han enervado bastante, pero quizás sea una mecanismo de defensa. Imagina que cada cuerpo postrado en la camilla, cada historia de desgracias y dolores la hiciese suya... no podría vivir, ¿verdad?

    Al final nos miran como el mecánico miraría a un coche estropeado, entre aburrido y hastiado de ver siempre las mismas cosas.

    Pero sí, a veces se agradecería algo de, no sé, ¿empatia?

    Me ha gustado mucho como has enlazado las dos historias, por cierto

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    1. El post-parto es un estado de vulnerabilidad extremo, por eso me sentí aun más humillada y desprotegida. Y el otro día me di cuenta de que todavía recuerdo la sensación. Por eso pensé en usar esta especie de justicia poética que puede proporcionar la escritura. Otra oportunidad para realizar lo que no has sabido o podido hacer en la vida...como asesinarrrrr

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