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martes, 2 de octubre de 2018

El final de la historia



Le incitábamos a que robase cada semana la misma cantidad. Cogía a escondidas el dinero de la caja y después, sintiéndose un miembro imprescindible de la pandilla, lo repartía entre todos nosotros. Luego íbamos a la tienda de comestibles de sus padres y nos comprábamos polos.  El padre nos cobraba. Cuando la caja registradora producía ese chasquido metálico y delator, mirábamos aquel artilugio misterioso del que salían y entraban las mismas monedas una y otra vez. También mirábamos de reojo al abuelo, sentado en la silla de mimbre del rincón, que cada viernes era acusado de robar dinero para sus partidas de cartas en el bar.
Así pasamos los últimos veranos de nuestra infancia, envalentonados con la fuerza que dan los secretos compartidos y satisfechos por tener el control de nuestros minúsculos delitos.
Con el tiempo fue sacando cada vez más.  Cuando pusieron un candado en la caja registradora subía al piso  de arriba y hacía incursiones en la caja fuerte. Ya no manejábamos monedas, sino billetes. Comprábamos en otras tiendas. Íbamos a los bares y comprábamos helados más sofisticados. Él nos invitaba. Una de las veces se puso un billete de quinientas pesetas en el zapato y nos fuimos en bicicleta al pueblo de al lado. Cuando llegamos, el sudor había convertido el billete en papel de fumar y no  pudimos comprar nada. Fue el final de la historia. Nunca supe con seguridad si se debió a este incidente. Nadie pensó en algo irreversible, nos volvimos a casa sin saber que todo aquello se había ido definitivamente al carajo.

Las dos fotografías anteriores son de Vivian Maier
Se acabaron los polos. Y las ruedas que se agarraban a los caminos obedeciendo a la presión de nuestros músculos. Y los secretos en común. La vida dejó de situarse en aquel lugar del  mapa lleno de bicicletas, polvo y lealtad. Todos los veranos previos se escurrieron por un sumidero en algún lugar de la memoria. Como si se hubieran caído al pozo de la casa abandonada. Como si la marea los hubiera fagocitado y ahora nos devolviera solamente el jibión de la sepia. El paisaje estalló, y al intentar reconstruirlo apareció otro mucho más árido. Lleno de esquirlas. Rodeado de esquinas. Dejamos de ser un nosotros, algo compacto, real, contundente. Solo quedaron fragmentos, cada uno por separado, como partes de un organismo desmembrado. Nos convertimos en seres vulnerables y desconcertados, piezas de desguace a la intemperie. Desde entonces, cada vez que chupo un polo de hielo se me incendia el paladar.

Hernan Bas  Untitled poet 17


Este relato ha sido seleccionado para formar parte del recopilatorio del I concurso Sueños de verano



3 comentarios:

  1. El relato corto es todo un arte, y tú sabes manejar los hilos para hacerlo interesante. Este relato de los niños que roban tiene fuerza pero se diluye en cierta manera al darle una salida ideológica, reflexiva, muy bella pero menos narrativa y más ensayística. Es una elección con un tono poético muy valiosa, pero prefieron los finales menos discursivos.

    Llevo varios días leyendo cuentos combinados de Bernard Malamud, John Cheever, Ernest Hemingway, J.D. Salinger y hoy he comenzado con Bukowsky, al que leí hace muchos años. El cuento es una forma literaria prodigiosa que me tiene totalmente enganchado. Me paso el día prendido de relatos que voy alternando sucesivamente. Por eso, pienso que fundamentalmente el buen final es narrativo con un breve apéndice reflexivo.

    Te he enlazado y desde ahora te seguiré atentamente. Es imperdonable que tu enlace a mi blog lo tuviera tan lejano y perdido.

    La semana que viene vuelo a la Bretaña y visitaré Carnac, donde te inspiraste para ese buen relato que leí de hace algún tiempo.

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    1. Muchas gracias por tu comentario, José Luis. Qué bueno lo que dices, me ayudará para cuando piense en alguna otra historia. Este tipo de comentarios en los que se aporta sirven de mucho, dan perspectiva. Y gracias por apuntarte en la lista. Ya me contarás que tal por la Bretaña, te encantará. A ver si tú también ves a los irreductibles galos por allí. Abrazote y bon voyage!

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  2. Me ha gustado mucho. El detalle del billete de 500 metido en el zapato, la imagen de las mismas monedas entrando y saliendo por la caja registradora, la frase con la que se inicia la historia que te obliga a seguir leyendo...

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