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viernes, 17 de agosto de 2018

Un cuadro desaparece




Bajo una gabardina. Envuelto en una bata que ha sido disfraz. Despojado, con urgencia de amante, de la protección del cristal y la madera. Un retrato antiguo sobre la tabla original de álamo blanco. El retrato contiene una sonrisa. La sonrisa baja escalinatas de mármol y atraviesa puertas, pero nadie la ve. Nadie se percata de esa extraña silueta poliédrica que se la lleva. Ni del rectángulo desteñido en la pared cuyas esquinas custodian cuatros pernos desolados.
El ladrón más discreto del mundo deposita el botín con cuidado sobre la única mesa de su  oscuro apartamento en un barrio de París. Lo contempla, trata de interiorizar el gesto de la mujer, en absoluto enigmático para él. Y siente una conexión ancestral.  Se diría que ambos, hijos de la misma tierra, se conocen desde siempre. Ahora dispondrán de muchos meses–veinticuatro, desde agosto de 1911–  para ahondar en su mutuo escrutinio.   
Entretanto, los falsificadores trabajan a destajo intentando colocar sus copias indistinguibles a millonarios distinguidos. Los responsables del museo se encierran tras las puertas para poder investigar, y de paso transitar su vergüenza cósmica lejos de los focos.  Los parisinos se preguntan para qué cerrarán la jaula una vez el pájaro ha volado. Los periodistas resoplan al mismo ritmo vertiginoso que sus máquinas de imprenta. A lo largo de dos años visitantes de todo el planeta acuden en masa, como jamás antes lo habían hecho, a la sala del Louvre donde estaba el retrato. Parece que les fascina esa ausencia inconmensurable, ese trozo de pared que ha dejado de sonreír.
Mientras el mundo se despliega en su búsqueda, el inmigrante italiano Vicenzo Peruggia continua deleitándose con su obra maestra de compañía en la misma orilla del Sena donde la robó. Ignorando que, con la proeza de retener durante tanto tiempo el retrato de Lisa Gherardinni,  consigue convertir a este pequeño cuadro casi desconocido en un vórtice. Hacia el cual todos nos precipitamos desde entonces sin remedio. Pero también sin el tiempo que se requiere para captar el delicado misterio de ese rostro. Aunque eso a nosotros no nos importa en absoluto. A los visitantes actuales del Louvre nos basta con exhibir una sonrisa llena de dientes –en absoluto enigmática–ante nuestro móvil, garantía de que la hemos visto, de que hemos estado allí. Nos hacemos la foto, lo miramos un momento… y el cuadro desaparece.


2 comentarios:

  1. perra vida del turista... tú no, que eres viajera. un beso. maite

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    1. Gracias Maite, me gusta el adjetivo, aunque no sé si llega a encajar conmigo. Ojalá. Te sonrío enigmáticamente y te envío otro beso

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