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viernes, 16 de febrero de 2018

Como un bendito


Fotografía tomada en una exposición de Louise Bourgeois, en el MOMA de Nueva York 


Consigo escapar por los pelos de las garras de un tremendo Dientes de sable. Empapada en un sudor helado recupero el aliento, y ya fuera de su alcance me ajusto los tapones de los oídos.
Trato de imaginar, con resignación, a qué otras pesadillas podría incorporar esos malditos ronquidos: ¿otro depredador menos pretencioso?, ¿una avalancha?, ¿un maremoto?...Intento penetrar de nuevo en el sueño, pero unas puertas giratorias me devuelven a la habitación.
Abro los ojos y desde mi lado de la cama veo cómo se balancea, suspendida en el centro del techo, una inquietante araña albina. Debería haber limpiado la casa más a fondo. Noto cómo se tensan los hilos que nos sostienen. La cama se desliza hacia el vórtice de una espiral en cuyo centro nos espera ella, simétrica y risueña.
Incapaz de hacer nada, sólo me queda contemplar la escena que se refleja -distorsionada y creciente- en cada uno de sus ocho ojos frontales. Yo, aferrada a la almohada con la desesperación de un náufrago. Mi marido, descansando de su día agotador y emitiendo por su boca abierta otro patético rugido de viejo león.



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