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martes, 29 de noviembre de 2016

Feroz





En el pueblo no se habla de otra cosa que de la preocupante plaga de Caperucitas que asola nuestros bosques.
Desde que desapareció su depredador natural las de rojo provocan accidentes, destrozan los huertos y remueven la tierra buscando raíces después de la lluvia. Por las noches merodean por los polígonos industriales y se acercan a los límites de la ciudad  para hurgar en los contenedores de basura. 
 Algunos municipios organizan batidas clandestinas que reúnen a los habitantes más siniestros de la comunidad. Cada vez que los ecologistas proponen reintroducir el lobo ibérico, los ganaderos salen a la calle con escopetas y garrotes.
Mientras tanto, ellas deambulan en pequeños grupos, con la mirada alucinada y mostrando una maraña de pelo color miel bajo sus harapientas caperuzas. Si se les acorrala cuando van con sus crías -esas deliciosas y pálidas criaturas- se revuelven y atacan con ferocidad.
En el bar yo no me pronuncio sobre el asunto, pero estoy haciendo mucho más que todos esos charlatanes para solucionar el problema. Cada veintiocho días, siguiendo mi naturaleza, acudo al llamado de la luna llena. Me muerdo el aullido que brota de mis entrañas, y salgo de cacería. 



Con este microrrelato he ganado el primer premio en castellano del Concurso de microrrelatos de terror y gore de Molins de Rei 2016. El mejor relato en catalán se lo ha llevado Elies Villalonga con un poema sobre vampiros
Aquí  se puede ver la noticia en la prensa de Molins 
Miquel Llobera,del colectivo Enveualta ( una iniciativa estupenda para poder escuchar literatura)  ha convertido el micro en un magnífico audio, con su profunda voz y unos cuantos efectos especiales terroríficos. ¡Gracias!

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Continuidad de las casas




Situada en el lugar exacto donde acababa el pueblo y empezaban los campos de maíz, mi infancia tiene su epicentro en aquella casa abandonada. Cada tarde dejábamos las bicis junto al pozo seco en el que, según decían, alguien había arrojado un perro al que todavía se le oía gemir. Nosotros no nos lo creíamos y lanzábamos piedras y risas. Las piedras no parecían alcanzar el fondo, ningún sonido lo confirmaba. Después, con las rodillas arañadas por las zarzas, entrábamos. Y entonces: el estimulante olor a rancio, el óxido rugoso tapizando las bisagras, y aquellos ojos cubiertos de legañas que se dejaban atravesar por una luz a la vez tersa y mortecina. Lejos de darnos miedo, aquel era un lugar secreto y confortable donde jugar al escondite, buscar tesoros o jurar lealtad vitalicia al “club intriga”. Ni siquiera saber que el último habitante se ahorcó en el cuarto donde jugábamos a las tabas nos impresionaba lo más mínimo.
El problema era volver a casa. Cenar y después recorrer el largo pasillo. Llegar a la habitación y subir de un brinco a la cama, debajo de la cual cada noche se agazapaban un perro y un señor con los ojos amarillos.  


martes, 1 de noviembre de 2016

Diario de una despedida ( I )



Una vez se sabe algo, poco se puede hacer para dejar de saberlo. Cuando por fin entiendes la letra en inglés de una canción, ya eres incapaz de oír esos sonidos que parecían tan misteriosos y que podían abrir tantos caminos en tu interior. Algo así ocurrió cuando mi hermana me transmitió el diagnóstico más probable de esa lesión que habían encontrado en la resonancia: metástasis cerebral. Desde ese momento, el destino me situaba en el tramo final del camino de mi madre. No dudé ni un segundo en acompañarla.  
Cuando lo supe, no me conformé con eso. Quise  saberlo todo de ella. Me propuse acercarme, tocarla, vivir a su paso, deslizarme bajo su piel, volver a su útero.  Conocerla, saber quién era ella antes de estar yo en este mundo, cómo era de adolescente. Dar sentido a todas sus fotografías.  Abarcar el misterio de su vida única, de su vitalidad y su belleza, de su dolor y de la firmeza de su cariño. Sin preguntar, solo fundiéndome con ella. Era una cuestión de epidermis, de fluidos y de vibraciones, nada que pudiera caber del todo en palabras.
Acababa el mes de mayo. Me pedí un permiso en el trabajo para estar con ella. En unos días la iban a ingresar en el hospital para confirmar el diagnóstico e intentar localizar el cáncer original.

1 de junio de 2013

A las siete y media de la mañana está sentada delante de la tele, que vomita anuncios. La nevera se ha quedado abierta y varias luces de la casa también. Me explica que ha estado pensando en los éxitos de mis hijos. Nos hemos especializado en darle buenas noticias a la abuela sobre sus nietos para poder observar así  esa felicidad tan contundente en su rostro. Esta vez es el trofeo “al jugador más carismático” que le han dado a Víctor y el premio extraordinario del Máster de Carlos. Me dice que está esperando a que salga lo de Carlos en la tele. Yo le intento convencer de que no va a salir. Le sugiero que se vuelva a la cama. Ronronea que se está muy bien en la cama. Reconoce que no sabe qué hora es, pero cuando le digo que voy a ir al lavabo se acuerda de que ayer me tomé un kiwi.

En abril habían empezado los síntomas.  Se olvidaba de cómo se hacían cosas en las que ella era experta, como cocinar o coser.  Una vez se levantó de dormir la siesta y le dijo a mi padre que iba a la cocina a hacerse el desayuno. Otro día no conseguía acordarse de cómo se hacía una tortilla de patatas. Pidió que la lleváramos al neurólogo, que se olvidaba de las cosas, que debía tener Alzheimer. Le dijimos que las personas que tienen alzheimer no se autodiagnostican, pero la llevamos. Contestó a las preguntas  de memoria inmediata mucho mejor de lo que lo hubiera hecho yo. Le hicieron una resonancia. La corteza cerebral estaba perfecta. Pero había un par de lesiones que parecían antiguas y enquistadas. Los "soldaditos", como los bautizó mi madre cuando vio la imagen en tonalidades de gris azulado de la placa.  Había que averiguar qué eran, la ingresarían unos días para hacerle más pruebas.
Mi madre se debatía entre un realismo desarmante y la convicción irracional de que ella y su familia eran especiales y estaban a salvo de muchas de las incomodidades que afectan al resto de la humanidad. Cuando algo ( una enfermedad, un fracaso…)  desmentía ese principio, sobre todo si se trataba de algún contratiempo que afectase a sus hijas o a sus nietos, se ponía a rezar como una posesa y manejaba argumentos en los  que trataban de compatibilizar nuestra  condición de inmunes con la de personas “como todo el mundo”. Si la afectada era ella, era mucho menos aprensiva que si se trataba de uno de sus seres queridos. En ese caso le quitaba hierro al asunto y conseguía reírse de sí misma en voz alta para que los demás no nos preocupáramos, o lo comentaba  como de refilón, al hilo de otra cosa. Sus quejas nunca eran directas, había que saber leer entre líneas. Un día, ya enferma, hablando con mi hija Ana sobre la especialidad que iba a elegir para la especialización de sus estudios de fisioterapia, le soltó:
-Para especializarse en geriatría  tiene que gustarte tratar con gente llena de pellejos, como yo-dijo tocándose los brazos secos como pergaminos. Mejor haz lo de los deportes- le recomendó.  Y luego añadió, con una sonrisa pícara, haciendo referencia a los verdaderos  problemas relacionados con su enfermedad:
-Pero esto de la sequedad en la piel es “pecata minuta”.
En cambio, no podía soportar el sufrimiento de los suyos, lo pasaba realmente mal. ¿Qué trataba de transmitir mi madre con su preocupación por las dificultades que afectaban a su familia? ¿Que éramos diferentes? ¿Especiales? ¿Que no nos podíamos salir del esquema de  éxitos y bienestar que ella había previsto para nosotros? Contarle ciertas cosas podría ser demasiado perturbador para ella. No podíamos hacerle eso. Tuvimos que aprender a protegerla de algunos hechos. Otros los sufrió y los rezó con ahínco. En cambio, nos encargábamos de acentuar cualquier éxito de sus hijas o de sus nietos. Era normal llamarla para informarle de las buenas notas de nuestros hijos, de los éxitos y los premios. De esta manera alimentábamos su intuición de que estábamos hechos de otra pasta. Siempre pensé que en medio de la fortaleza del carácter de mi madre, ésta era una veta de vulnerabilidad a tener en cuenta, su talón de Aquiles. Probablemente eran restos que arrastraba de su desamparo por quedarse sin madre de forma tan prematura, al final siempre salía la huérfana de cuatro años que fue.
Y por otro lado, ¿por qué ella no se quejaba jamás,  ni nos pedía ayuda? Su determinación  por ser autónoma nos dio alas, nos relevó del deber de preocuparnos por ella,  pero a la vez nos acostumbró a no pensar en ella como en alguien necesitada de nuestro apoyo, de nuestra atención. Eso no era obligatorio, nunca lo exigió. Lo dejaba a nuestra voluntad. Sin quererlo hizo que nuestro comportamiento fuera, algunas veces, algo desconsiderado. Éramos capaces de volver a casa, siendo ya unas madres de familia hechas y derechas, con la misma actitud de cuando nos fuimos de allí con dieciocho años. Íbamos a que nos cuidará mamá, sin darnos cuenta de que los años habían pasado, sin percatarnos de que quizás fuera ella quien necesitara ser cuidada. Ahora,  a sus 85 años, había llegado el momento.