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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Continuidad de las casas




Situada en el lugar exacto donde acababa el pueblo y empezaban los campos de maíz, mi infancia tiene su epicentro en aquella casa abandonada. Cada tarde dejábamos las bicis junto al pozo seco en el que, según decían, alguien había arrojado un perro al que todavía se le oía gemir. Nosotros no nos lo creíamos y lanzábamos piedras y risas. Las piedras no parecían alcanzar el fondo, ningún sonido lo confirmaba. Después, con las rodillas arañadas por las zarzas, entrábamos. Y entonces: el estimulante olor a rancio, el óxido rugoso tapizando las bisagras, y aquellos ojos cubiertos de legañas que se dejaban atravesar por una luz a la vez tersa y mortecina. Lejos de darnos miedo, aquel era un lugar secreto y confortable donde jugar al escondite, buscar tesoros o jurar lealtad vitalicia al “club intriga”. Ni siquiera saber que el último habitante se ahorcó en el cuarto donde jugábamos a las tabas nos impresionaba lo más mínimo.
El problema era volver a casa. Cenar y después recorrer el largo pasillo. Llegar a la habitación y subir de un brinco a la cama, debajo de la cual cada noche se agazapaban un perro y un señor con los ojos amarillos.  


2 comentarios:

  1. Me ha recordado a los libros de "Los Cinco", pero con miedito del bueno.
    Un abrazo, Paz. Encantado de leerte siempre y de haber compartido tiempo. Que se repita más veces

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    1. Un gustazo haber podido charlar un rato contigo este fin de semana de leyenda. ¡Los cinco y los siete secretos, sí, esos son mis referentes literarios! ¡Abrazo! Nos leemos

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