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lunes, 27 de julio de 2015

Lucy



Cincuenta y tres huesos. Emergen obedientes a los expertos toques del cincel. Una hembra joven, según se deduce de su pelvis. El maxilar inferior muy robusto para un cráneo tan pequeño. Húmero largo, como de simio. 
Están acostumbrados a celebrar el hallazgo de restos fósiles de hienas, babuinos o jirafas. Incluso los rastros de agua de lluvia grabados en los estratos de arenisca. Pero un hueso de homínido es algo improbable, excepcional. Los paleontólogos del equipo de D. Johanson pueden describir a un individuo a partir de un solo diente. Montar un puzle con tantas piezas es una bendición.
Mientras excavan el yacimiento en el magnetofón suena una y otra vez Lucy in the Sky with Diamonds. Una banda sonora ligada ya para siempre a la memoria del polvoriento paisaje de Afar, al descubrimiento del homínido que habitaba los bosques de Etiopía hace más de tres millones de años.
Se llamará Lucy, claro. Un magnífico ejemplar de Austrolopithecus afarensis, la misma especie de la que se encontrarán huellas fosilizadas años después. La primera que se irguió sobre sus pies. La tatarabuela africana de toda la humanidad. Nunca imaginó -no hubiera podido- que sería tan famosa en un remoto futuro. Tampoco los Beatles supieron que la L del “LSD” camuflado en el título de su canción sería el nombre de la entrañable antecesora de los homínidos que un día, con zancada firme y cráneo hipertrofiado, cruzaron el umbral de África para conquistar el planeta. 










domingo, 19 de julio de 2015

Historia del Arte

Polisello, 1997

Las casullas, bordadas con oro y sedas policromas, ligeramente herrumbrosas. Los rostros de los ángeles lucían carcomidos por una viruela irreverente. La lápida de alabastro con inscripciones en hebreo, latín y griego, en cambio, resistía el paso de los siglos con dignidad.

Dejo constancia de cómo encontré todo al llegar, para que la historia no atribuya solamente al paso del tiempo el deterioro que han sufrido las piezas del museo catedralicio desde que mi enemigo logró acceder al antiguo dormitorio de los canónigos, donde se guardan los más preciados tesoros.

Digerir el arte e interiorizar sus motivos a veces cuesta una vida.

Con él desaparecerán secretos de obispo, tapices góticos y la geografía de las diócesis más antiguas.

Su principal objetivo han sido los códices y los manuscritos medievales. El bocado más  sabroso: un pergamino que olvidé una noche en el taller de restauración. Con el retablo de la transfiguración ha conseguido mantener sus incisivos bien afilados. La lápida trilingüe siempre se le resistió.

Por fin ha sucumbido. Tan saciado estaba que he tenido que recurrir al Emmental. Atrapado entre los hierros, me mira con ojos desorbitados.

Y no sé qué hacer con ese compendio vivo de historia del arte.


Este relato ha recibido una mención en la propuesta dedicada a los "monstruos" de Esta noche te cuento aquí.


viernes, 3 de julio de 2015

La que disimula


Fanny Nushka Moreaux 

Por fin me decidí a pedir hora con el psiquiatra. He de reconocer que no salió del todo bien. Me ocurrió como a Marge Simpson en aquel episodio en el que gana un premio consistente en que una empresa le haga una limpieza a fondo de su casa.
Entré decidida a explicarle mi mejor metáfora. Que mi alma es una lámina de cristal. Dura y brillante, pero frágil y quebradiza. Que se raya o se rompe al menor contacto. Y que cuando  -después de cada golpe- intento reconstruirla, cada vez faltan más piezas. La lámina original, esmaltada y tersa, se está transformando en un mosaico de fragmentos irregulares unidos entre sí por un cemento sucio y gris. 
Pero comencé contándole lo afortunada que me siento, la enorme capacidad que tengo para disfrutar con cualquier cosa, la desmedida pasión que pongo en todo lo que hago y lo estimulante que me parece la vida: un sorprendente e inesperado regalo diario. 
          Justo cuando iba a empezar con el motivo de mi visita, me dijo que daba gusto escucharme. Que para él, acostumbrado a gestionar tantas miserias, era una gozada atender a una persona tan vital.
Yo quería haberle dicho que últimamente -a veces y sin previo aviso- me asalta un sobrecogedor deseo de desaparecer. Que entonces me voy a al garaje, me encierro en el coche, lloro, susurro que me quiero morir…, y cuando noto que he asustado un poco al monstruo, regreso con mi marido y mis tres hijos, que no parecen percatarse del rímel corrido y las ojeras.
        Marge se deslomó haciendo zafarrancho los días previos a que viniera la empresa de limpieza, no se fueran a creer esos señores que era una guarra. Yo no he acudido a mi segunda cita, a ver si ese médico tan agradable va a pensar que estoy loca y me va a hinchar a pastillas.