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viernes, 3 de julio de 2015

La que disimula


Fanny Nushka Moreaux 

Por fin me decidí a pedir hora con el psiquiatra. He de reconocer que no salió del todo bien. Me ocurrió como a Marge Simpson en aquel episodio en el que gana un premio consistente en que una empresa le haga una limpieza a fondo de su casa.
Entré decidida a explicarle mi mejor metáfora. Que mi alma es una lámina de cristal. Dura y brillante, pero frágil y quebradiza. Que se raya o se rompe al menor contacto. Y que cuando  -después de cada golpe- intento reconstruirla, cada vez faltan más piezas. La lámina original, esmaltada y tersa, se está transformando en un mosaico de fragmentos irregulares unidos entre sí por un cemento sucio y gris. 
Pero comencé contándole lo afortunada que me siento, la enorme capacidad que tengo para disfrutar con cualquier cosa, la desmedida pasión que pongo en todo lo que hago y lo estimulante que me parece la vida: un sorprendente e inesperado regalo diario. 
          Justo cuando iba a empezar con el motivo de mi visita, me dijo que daba gusto escucharme. Que para él, acostumbrado a gestionar tantas miserias, era una gozada atender a una persona tan vital.
Yo quería haberle dicho que últimamente -a veces y sin previo aviso- me asalta un sobrecogedor deseo de desaparecer. Que entonces me voy a al garaje, me encierro en el coche, lloro, susurro que me quiero morir…, y cuando noto que he asustado un poco al monstruo, regreso con mi marido y mis tres hijos, que no parecen percatarse del rímel corrido y las ojeras.
        Marge se deslomó haciendo zafarrancho los días previos a que viniera la empresa de limpieza, no se fueran a creer esos señores que era una guarra. Yo no he acudido a mi segunda cita, a ver si ese médico tan agradable va a pensar que estoy loca y me va a hinchar a pastillas. 


4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Te doy la gracias...disimuladamente. El abrazo sin disimulos. Y otro para tu chica.

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  2. Desde siempre he sospechado que todos simulamos estar cuerdos para ser aceptados. Y es una lástima porque, si de un principio aceptáramos que al que no le falta un tornillo le sobra una tuerca, podríamos relajarnos y dejar de fingir. Es tan, tan agotador tratar de convencer al mundo que uno es normal...

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    1. Disculpa por no contestar antes, Mazcota, estoy de viaje y apenas tengo conexión. Solo darte la razón. Toda. Los tornillos y las tuercas, el gran tema. Un abrazo desde la Isla de Pascua, donde los Moais nos miran como sabiéndolo todo.

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