Publicaciones

domingo, 24 de mayo de 2015

La que habla





        Al final consigo echar una cabezadita. Pero cuando la azafata me despierta preguntando si quiero jugar a un Rasca y gana solidario, la señora del asiento de delante continúa dale que te pego, haciendo eso que ella hace con el lenguaje. Constantes ráfagas de palabrería ametrallan a la pobre desconocida que el azar ha sentado a su lado. Arma más jaleo que las cotorras, los atascos de tráfico y las hormigoneras. Más que una lavadora centrifugando. Tiene una de esas voces de alta frecuencia que consigue perforar el mapa de sonidos ambientales, incluso el rugido de fondo del avión queda silenciado tras la retahíla de argumentos que le propina a su víctima. Sin pausa, sin posibilidad de réplica, sin respiro.
La boca se le abre y se le cierra, y por ese orificio vierte un exuberante catálogo de lugares comunes ensartados por conectores de reality televisivo: A fin de cuentas,  Y yo voy y le digo, Tú ya me entiendes, Esta sí que es buena, Cojo y le suelto, Para acabarlo de arreglar, La verdad es que y En realidad.
Veo, a través del espacio entre los respaldos, cómo se eleva su busto cuando explica que lleva camiseta térmica por recomendación de su hija, cómo se le mece el flequillo de peluquería mientras todos nos enteramos de que sus nietos viven en Inglaterra y hablan tres idiomas, porque los niños son como esponjas. Carnosa y rubicunda, vibra como un diapasón metido en un flan. Su organismo radiante podría usarse para generar electricidad, incluso para hacer volar este avión por cuya ventanilla querría escaparme en este momento.
Solo deseo aterrizar y dejarla atrás. Aunque sé que volveré a encontrármela. En otro viaje, en el trabajo, en la calle. Encarnada en otros sujetos: hombres, mujeres, adolescentes, niños. Clones de un tipo de alienígena que dice siempre las mismas cosas y de la misma manera, que se consume quemando palabras de baja calidad, robando atención, entrando como un tanque en el sistema nervioso de los demás. 
Y entonces, ocurre. Cuando sus palabras y las radiaciones que emite ocupan todo el espacio en la cabina del avión y en mi cabeza, se disparan las alarmas de despresurización y salen disparadas las máscaras de oxígeno. O quizás sea debido al alarido que surge de mi garganta, como una onda expansiva, y deja a todo el mundo en silencio. Bueno, a todo el mundo no. Ella se vuelve, me dedica unos morritos fruncidos de color fucsia, y a continuación continúa explicándole las ventajas del sistema educativo inglés a su sufrida compañera de viaje, que asiente como un autómata atascado.


 Fotomontajes de Elías Ruiz Monserrat 






4 comentarios:

  1. Abundan este tipo de mujeres-cotorra, muy bueno este retrato que de ellas haces, un avión es de los peores sitios para encontrárselas.
    Un abrazo guapa.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si, el avión puede ser la metáfora de la claustrofobia y del no poder escapar. En realidad no es ninguna metáfora, qué va, es la pura realidad. Y una gran putada encontrarte en un avión con una mujer-cotorra.Hay al menos dos en cada vuelo, el azar hace el resto. Abrazote, Yolanda.

      Eliminar
  2. Debo ser tan asocial que no les presto demasiada atención si pasan por mi lado. Mis compañeras de departamento dicen que vivo en otro universo, en un parauniverso. Y es casi cierto, No percibo demasiado aquello que no entra en mis coordenadas. Es un problema pero a veces es una suerte. Y creo que tengo cara de pocos amigos pues nunca, que yo recuerde, una mujer cotorra me ha abordado para hacerme partícipe de sus confidencias. Creo que no le hubiera servido de sparring.

    Un cordial saludo, Paz.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues has tenido suerte de no encontrarte con esa especie tan peligrosa ( que por regla general nunca usan el estilo indirecto sino que transcriben las conversaciones con el socorrido tandem "digo-dice"), pero el problema no es que te pillen a ti sino que estés en un lugar público y sin escapatoria e igualmente te "ataquen" ocupando tu territorio sonoro sin ningún tipo de consideración. A mi cuando me pasa en el tren con adolescentes se me dispara un resorte incontrolable de profesora y les meto una bronca como si estuviera haciendo una guardia en un grupo de segundo de la ESO ( siempre me percato demasiado tarde de semejante deformación profesional, que no procede en ese entorno, ay)
      Gracias por comentar , Joselu.

      Eliminar