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lunes, 22 de septiembre de 2014

Els tontos/ Los tontos



Quiero celebrar que el libro ya está en las tiendas. 
Y que Miquel Llobera y Maribel Gutierrez me han emocionado con el regalo de sendas grabaciones en audio de éste relato en català (tal como está en el libro "100 situacions extraordinàries a l'aula",escrito a cuatro manos con Jordi de Manuel, que sale ahora) y en castellano, con sus increíbles voces .                                                                                                                                       También quería comunicar la fecha de la presentación en sociedad de la criatura, con Empar Fernández como madrina, y en la que se leerán situaciones por parte de los protagonistas que nos las contaron.
Será en la cooperativa Abaccus de Balmes,en Barcelona,  el día 9 de octubre, a las 7 de la tarde. Si lees esto, date por invitad@. 
Gracias otra vez a todos los protagonistas y los narradores que nos han proporcionado estas historias. Si algún adjetivo merece este libro es el de colectivo.





Els tontos 

Surten de la fàbrica a la mateixa hora que acabem a l'institut. En fila de dos van cap al microbús que els espera a la plaça per tornar-los a casa.
                Una processó de personatges que em tenen fascinada. Avancen desordenats, com si anessin a descarrilar, sota la supervisió dels seus monitors.
                Alguns gemeguen, altres parlen sols, sovint es fan bromes indesxifrables. Una parelleta de nens envellits surten agafats de la mà, mirant-se embadalits, entremaliats. Hi ha un noi, sempre en xandall, que cada cinc passos es transforma en una estàtua de sal durant uns segons. També hi ha un altre de molt graciós, amb unes ulleres enormes, que quan passem pel seu costat fa com que ensopega i cau a terra. De seguida el recondueixen a la fila i les meves amigues i jo no sabem com reaccionar, encara que després sempre ens riem.
                Pugen al microbús i des de les finestretes ens mostren sense vergonya els seus rostres cubistes, els seus caps diminuts, aquests somriures que no es tanquen, les seves síndromes amb noms impossibles de pronunciar que ens han explicat en genètica, Turner? Klinefelter? Deu ser cosa d'un cromosoma de més o de menys?
                Quan arribo a casa sempre penso en ells durant una estona. En com deu ser veure el món des de les seves ments tan limitades, des d'aquests cossos atrotinats com edificis a mig fer. I no aconsegueixo arribar a cap conclusió. Mai no sé si estar trista o contenta. És estrany.
                En acabar les classes, avui hem passat molt a prop de la fila. Crec que ha estat culpa meva perquè no podia deixar de mirar el  noi de les ulleres enormes esperant el moment en que es llancés a terra. Quan he passat pel seu costat m'ha mirat fixament, m'ha tret la llengua i ha cridat: Tonta!
                Ens hem rigut, és clar, però després a casa, mentre obria la llibreta per fer els problemes de genètica, he pensat que potser tenia raó.






       


       
          Los tontos

            Salen de la fábrica a la misma hora que acabamos en el instituto. En fila de a dos van hacia el microbús que espera en la plaza para devolverlos a sus casas.
Una procesión de personajes que me tienen fascinada. Avanzan desordenados, como si fueran a descarrilar, bajo la supervisión de sus monitores.
Algunos gimen, otros hablan solos, a menudo se hacen bromas indescifrables. Una parejita de niños envejecidos salen agarrados de la mano, mirándose embelesados, traviesos. Hay un chico, siempre en chándal, que cada cinco pasos se transforma en una estatua de sal durante unos segundos. También hay otro muy gracioso, con unas gafas enormes, que cuando pasamos a su lado hace como que tropieza y se cae al suelo. Enseguida lo reconducen a la fila y mis amigas y yo no sabemos cómo reaccionar, aunque luego siempre nos reímos.
Suben al microbús y desde las ventanillas nos muestran sin pudor sus rostros cubistas, sus cabezas diminutas, esas sonrisas que no se cierran, sus síndromes con nombres imposibles de pronunciar que nos han explicado en genética, ¿Turner? ¿Klinefelter? ¿Será todo cuestión de  un cromosoma de más o de menos?
Cuando llego a casa siempre pienso en ellos durante un rato. En cómo debe de ser ver el mundo desde sus mentes tan limitadas, desde esos cuerpos destartalados como edificios a medio hacer. Y no consigo llegar a ninguna conclusión. Nunca sé si estar triste o contenta. Es raro.
Al acabar las clases, hoy hemos pasado muy cerca de la fila. Creo que ha sido culpa mía porque no podía dejar de mirar al gafotas esperando el momento en que se lanzara al suelo. Cuando he pasado por su lado me ha mirado fijamente, me ha sacado la lengua  y ha gritado: ¡Tonta!
Nos hemos reído, claro, pero luego en casa, mientras abría la libreta para hacer los problemas de genética, he pensado que lo mismo tenía razón.







domingo, 21 de septiembre de 2014

Una alegría en observación



                                                            "Si te salvas por los pelos, quedas traumatizado. Si te                                                 salvas holgadamente, piensas que eres invencible"  Malcolm Gladwell


Una madre abraza emocionada a su hija que ha sido rescatada del mar por un surfista casual tras horas de angustia viendo cómo se la llevaba la corriente hacia el fondo.Los turistas salen exultantes de un hotel de Hong Kong después de pasar una larga cuarentena incomunicados en sus habitaciones debido a la epidemia de gripe aviar.Una adolescente disfruta de la agradable sensación de pasear sin muletas un mes después de sufrir un esguince en el pie. El sabor de los alimentos explota como una nube de fuegos artificiales en la boca de  un hombre que ha permanecido hospitalizado una larga temporada alimentándose del suero que le entraba por la vía que le mantenía atado a su cama.
Sobrevivir a un accidente de coche, encontrar a tu perro desaparecido, recoger los resultados de un análisis de seguimiento de un antiguo cáncer y comprobar que se te regala más tiempo…
Si observamos de cerca éstas alegrías-que es una sola alegría, la alegría de sentirse vivo, de haber escapado de las zarpas de lo irreversible, de haber burlado a la muerte un rato más- podremos ver sonrisas francas, rostros luminosos, lágrimas de agradecimiento, respiraciones profundas, una ola de energía que invade todo y recorre la sangre abriendo ventanas.
    Es un tipo de alegría de una textura especial, nítida y gratuita como un don. Nada que ver con el merecido orgullo que sobreviene después de un esfuerzo, ni con la satisfacción por el deber cumplido. Es la gracia divina, la sabia bruta que fluye como un torrente por los conductos y lo ilumina todo. Rotunda, oxigenada y dulce.   
Probablemente no podríamos soportar esta intensidad emocional si tuviéramos que sentirnos así cada vez que volviéramos de la playa o cada vez que saliéramos de un hotel. Si en cada paseo, comida o viaje  hubiéramos de experimentar la misma alegría que vivimos en los momentos posteriores a haber rozado un peligro real, nuestra existencia se convertiría en una continua sorpresa agradecida ante el milagro, en la constatación de lo resistente que se muestra la vida a pesar de lo vulnerable que la sabemos.
Puedo comprender la dificultad que supondría mantenerse en ese estado de ánimo constantemente, vivir sin coraza, estremecidos, deslumbrados…pero no me resisto a preguntarme ¿Por qué , al volver a la normalidad tras una situación límite, nos ataca esta grave amnesia que permite que enseguida volvamos a dar todo por supuesto, a sentir un tedio gris ante situaciones cotidianas como despertar a un niño y ver que sus ojos se abren lentamente o comprobar que nuestros órganos internos siguen funcionando y permanecen silenciosos, cuando en realidad estamos asistiendo a un prodigio  o cuanto menos a un hecho extraordinario?


martes, 16 de septiembre de 2014

Fabioleando



                               "Tener un animal doméstico tiene algo de un intento de redimir por                                                     lo menos a una criatura, un esfuerzo por brindar aunque sea a un solo                                                ser una vida sin tristeza"    Rudy Kousbroek ( El secreto del pasado). 
                                      
            Como cualquier otra tarde, es hora de salir. La luz, la orientación del viento que se filtra por la rendija, el sonido de las puertas que se va acercando, el tintineo de la correa, pero sobre todo los olores: menos detergentes y más latigazos de asfalto.
Deslizarse por las escaleras al único modo, arrastrando más peso que a la subida, la velocidad, la tensión en el cuello. Acomodar el paso, los encuentros, el ansia por llegar al monte. Ahí está, el rastro de los últimos días, esa tarea pendiente que ronda-y reaparece al pisar la tierra-como el hambre y el sueño.
Urge descifrar los nuevos caminos, todos los regueros de posibles pistas. La hierba cosquillea en el hocico pero lleva información fresca, mensajes labrados en el suelo que sugieren y reclaman. Acaban de pasar dos de la misma especie, uno de ellos macho, el labrador. Cubrir las señales con sal diluida, y una vez se ha dejado constancia seguir dibujando el propio camino. Se superpone un contundente rastro de jabalí. Parece que allá asoma el camino de los orejudos, a cuya demanda de velocidad es imposible resistirse.
Esta tarde es más fuerte, ya se percibe una forma. No es la sombra grande y oscura de brillos afilados que te mira para después salir en estampida, la mayoría de veces hacia donde no apuntan las patas. Hoy es el pelaje que buscan los dientes, el que nunca llega, el que da sentido a la busca y da rumbo al movimiento.
Porque los animales no viajan. El sentido de viajar es no saber lo que vienes buscando para encontrarte lo que no esperabas y olvidar lo que te trajo y te puso en marcha. Los animales se mueven. Un resorte interno los impulsa y los desplaza hacia lo más primordial: el calor, el otro, la sangre o el refugio de la cruel intemperie. Misiones de las que no se puede dimitir y que afinan los músculos en una explosión de ataque o de huida que, difundiendo desde el centro como una ola de sopor, anteceden al cansancio o a la muerte. No existe el viaje, sino el movimiento que salva. Incluso esos salmones que intentan remontar embalses, o las tortugas que desovaban en la isla cercana a la playa, y que ahora-millones de años después, derivados los continentes-recorren a nado miles de kilómetros como si trataran de comprimir el espacio. Y las golondrinas-por qué demonios lo hacen-que trastocan el Ártico en Antártico.
Hoy el conejo no se aleja corriendo: por el olor se sabe que se acerca, el viento lo pone en evidencia y le impide detectar el peligro. Cada vez más cerca, porque la lluvia de ayer amortigua el crepitar de las hojas secas. Casi delante, a pocos metros, pero hay que verlo para lanzarse. Se ha parado ¿o es el tomillo que lo inunda todo? Si aguanta quieto sabrá de dónde viene y arrancará en la dirección de huida. No, el miedo tira más y sale corriendo por donde venía.
Dejarse ver desata la tensión. El resto está previsto. Solo queda cabecear en ambas direcciones previendo los quiebros del roedor y correr. Correr sintiendo la brisa de la tarde combando las espigas y azotándole el rostro. No pisar el suelo. Volar. Todos los sentidos casi estallando. Si se aleja a campo abierto está perdido, y ya se le nota el cansancio. Quizás pueda entremeterse en las rocas de arriba, los calares siempre disponen de pasillos estrechos y escondites. ¿Adónde romperá en el siguiente giro? La vista y el oído se hacen uno.
El cuerpo se estira más de lo que puede dar de sí. Por un momento alcanza la máxima ligereza: elimina su peso y una de sus dimensiones, convirtiéndose en un arco a punto de ser disparado. Salta la flecha y atina. Se acabó. Fabiola disfruta del sabor y la textura.
Ya puede llevárselo. Se acompasan los latidos de cazadora y presa. Relajación y resignación.
Menuda felicidad vivir en el paraíso de los galgos. Vivir al caer la tarde la emoción y el triunfo. Recuperar el peso e impregnarse del olor. Ya está ahí la dueña, compañera de pulsiones, también hembra y madre, qué alegría se va a llevar.



Para celebrar que en las pruebas de la selectividad de este septiembre ha salido mi perra Fabiola ilustrando una de las  preguntas que yo propuse, en la que se comparaba el metabolismo de galgos y huskies, subo al blog este relato que escribimos a cuatro manos hace un tiempo Víctor Paniego y yo. El examen se puede ver aquí

viernes, 5 de septiembre de 2014

Fossar sota les moreres / Fosal bajo las moreras


Una  de las estrategias mas tremendas de las guerras son los asedios, una forma muy perversa de ensañarse con los más débiles. Este microrrelato es mi contribución a la iniciativa del blog La bona confitura "Microrrelats del setge" 
Abajo está la traducción para los que lean el blog desde fuera de Catalunya. 



Fossar sota les moreres

      Una multitud ocupa la plaça. Em refugio en una cantonada, atenta als seus moviments. Una segona multitud se superposa a la primera. L'escena es dibuixa davant els meus ulls en colors sèpia, tenyits amb esquitxos de sang molt vermella. Els protagonistes desesperen, s'enardeixen, resisteixen... i en un brogit de pólvora i vísceres entren a la història sense saber-ho. Els turistes comencen a entendre què va passar. Jo segueixo, amb prou feines, l'argument. De sobte la segona multitud s'esvaeix en la boca de la guia, que convida el grup a acompanyar-la fins al següent punt de l'itinerari. 
     Els nord-americans que visiten els llocs històrics de Barcelona es desplacen amb les seves sandàlies i mitjons sobre enderrocs i difunts ubicats en l'estrat inferior, sota les moreres. Tot torna a la normalitat d'un passeig dominical pel Born. Fins que veig un nen que mendica la meva atenció, un infant amb la roba esparracada, brut, descalç, que du a la mirada tota la tristesa del món i a la camisola blanca unes enormes llànties vermelles.

  


Fosal bajo las moreras


     Una multitud ocupa la plaza. Me refugio en una esquina, atenta a sus movimientos. Una segunda multitud se superpone a la primera. La escena se dibuja ante mis ojos en colores sepia teñida con salpicaduras de sangre muy roja. Los protagonistas desesperan, se enardecen, resisten… y en un rugido de pólvora y vísceras entran en la historia sin saberlo. Los turistas empiezan a entender lo que ocurrió. Yo sigo el argumento con bastante dificultad. De repente la segunda multitud se desvanece en la boca de la guía, que invita al grupo a acompañarle  hacia el siguiente punto del itinerario.
      Los norteamericanos que visitan los lugares históricos de Barcelona se desplazan con sus sandalias y calcetines sobre derrubios y muertos ubicados en el estrato inferior, bajo las moreras. Todo vuelve a la normalidad de un paseo dominical por el barrio del Born. Hasta que veo a ese crío que mendiga mi atención, un niño con harapos, sucio, descalzo, que lleva en su mirada toda la tristeza del mundo, y en su camisola blanca unos enormes lamparones rojos.


   


Las tres fotografías, obtenidas de la web, son de El fossar de les moreres, una plaza muy cercana a Santa María del Mar, en Barcelona.