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domingo, 25 de mayo de 2014

Viaje a Escocia (II)

Dos de las tres cabezas de la hidra, en las Highlands ( la otra estaba haciendo la foto, pero por debajo se comunicaban) 
En realidad  no parece una isla porque atravesamos un puente, un istmo artificial que facilita las cosas, aunque en el otro extremo de la isla hay un ferry que comunica con las demás islas.
Colin se emociona en el mismo momento en que las ruedas del microbús tocan el suelo de Skye. Admite, con su torpeza de oso, que siente algo especial por esa isla y nos agasaja con una sobredosis de baladas escocesas que se dirían especialmente compuestas para que disfrutemos del paisaje y recordemos a todos nuestros amores no correspondidos. Mientras tanto, al fondo del autocar, los tres adolescentes españoles siguen dormitando con los cascos puestos, tan ajenos al viaje como a si mismos, la parejita de sudafricanos se miran embelesados pero a la vez distantes y los tres componentes de  la familia húngara se mantienen tiesos en sus asientos como si una faja ortopédica les obligara a estar en esa postura.
Tenemos que decirle al guía si preferimos quedarnos en Portree o nos lleva directamente a los diferentes Bed and breakfast en los que estamos alojados. Empieza la ronda: primero la familia húngara, después los boers, el portugués errante y  los chinos. Cuando llegamos a la casa adjudicada a las dos chicas y el chico que están repantigados al fondo, estos contestan a las indicaciones de Colin riéndose y sin siquiera escucharle. Sentimos vergüenza patria. Por último nos deja a nosotras en el B&B de  la señora MacAlister, una matrona sonriente y sospechosamente amigable con el guía. Este nos explica que la ciudad-un grupito de casas de pescadores alrededor de un pintoresco puerto con tinglados de colorines- está a tan solo una milla y que podemos llegar  andando perfectamente.
            Finalmente la señora se presta a bajarnos en coche una vez hayamos dejado las cosas en nuestras habitaciones, con tal de que  nos fijemos en el camino y después de cenar volvamos en taxi o andando. Aceptamos la propuesta, dispuestas a conquistar la capital de la isla y a cenar de una manera decente por primera vez en los siete días que llevamos en Escocia, sin reparar en gastos. La misma emoción hace que no nos fijemos demasiado en el trayecto, solo una de nosotras retiene la silueta de un puente que cruza un barranco.
     
Vistas de Portree (“Puerto del Rey”) a las nueve de la noche, antes de perdernos.  
La cena no es tan gratificante como esperábamos, pues los restaurantes de pescado del puerto ya no tienen plazas y nos tenemos que conformar con el comedor de un hotel en el que vemos escenas de alcoholismo tambaleante de varios de sus clientes. Los dos jovenes sudafricanos cenan en una mesa del otro extremo. Nos miran y les saludamos. Son tan blanquitos e inocentes que suscitan en nosotras sentimientos encontrados: no sabríamos si arroparlos y cantarles una suave nana o darles un buen bofetón para que espabilen. Son tan recatados que aún no sabemos si son novios  o hermanos.
Decidimos volver a pie. Nos irá bien después  de tantas horas en autocar, y además no parecía tan lejos. A la salida del “pueblo-capital” nos cruzamos con la familia húngara y nos saludamos amistosamente. Les decimos que nosotras ya hemos cenado y que nos retiramos a la casa. A continuación, cuando se van, comentamos que no podemos entender cómo a ese chico tan guapo nadie le ha dicho que no pasa nada si la camisa no va abrochada hasta el último botón y que la cinturilla del pantalón puede cerrarse por debajo del ombligo. Aparte de eso parecen majos, con un especial sentido del humor, silencioso y cómplice.
Seguimos caminando y caminando. Y caminando. Hasta que nos damos cuenta de que hemos dejado atrás los caminos civilizados y estamos en plena carretera sin arcén y sin luces. Es la carretera que bordea la isla, y nuestra casa estaba en el interior. Durante un rato nos vamos haciendo conscientes de que podríamos estar perdidas, pero la borrachera que nos da la libertad de la que gozamos nos hace reír, cantar y decir muchas tonterías en voz alta. En ese momento nos sentimos la medida de todas las cosas y conseguimos vernos a nosotras mismas a vista de pájaro en esa costa increíble y salvaje, lejos de responsabilidades, lavadoras y evaluaciones. Al final, empieza a oscurecer, a pesar de que en estas tierras nórdicas la luz se resiste a dimitir.
Decidimos desandar el camino y buscar un taxi. Cuando el pueblo se vuelve a acercar vemos a los húngaros de regreso a lo lejos y nos escondemos en una entrada hasta que los perdemos de vista. Una hora después de nuestra salida de Portree, llegamos a algo que podría llamarse con mucho optimismo la Plaza Mayor del pueblo y en cuanto vemos el puesto de la policía no dudamos en entrar corriendo para que nos orienten sobre como regresar al cottage de Miss MacAlister. Decimos algo parecido a la traducción inglesa de –“¡Señor agente, señor agente, nos hemos perdido!”. El oficial de guardia mira de reojo a su acompañante y nos señala la parada del taxi, enfrente mismo de la policía. Sonreímos cansadas y nos metemos en el taxi con la tarjeta del bed and breakfast en ristre. Se la enseñamos al conductor y callamos como muertas.
Son las once y media de la noche cuando llegamos a la casa. Nos duchamos y tras un breve comentario de la jugada en la habitación compartida nos quedamos torradas en nuestras aseadas camas con edredón de plumas.

El  hecho de que a las cuatro de la madrugada ya entre luz por la ventana nos da una idea exacta de cuan al norte está la isla. Maria José se pone un antifaz y se da la vuelta. Yo cierro los ojos y retomo el sueño hasta las siete y media de la mañana, justo a tiempo para vestirnos y acudir al opíparo desayuno escocés que nos ha preparado la señora Mac Alister. Van desfilando ante nuestros ojos platos con suculentos huevos fritos, champiñones, tomates, beicon y salchichas, tostadas, mermeladas, cereales, zumos, leche, porridge  y té. Nos levantamos totalmente empachadas, pero felices.
A las ocho y media en punto nos viene a recoger a la base del chalet Colin y su autocar disciplinado. Bajamos corriendo, nerviosas por no llegar ni un minuto fuera del horario previsto. Goodmornigs  efusivos a los ocupantes del minibús. Solo faltan los tres teenagers por recoger.
Cuando llegamos a la casa donde se hospedan los tres dechados de buena educación que representan a la juventud de nuestro país en este microcosmos móvil, hay que esperar un rato porque no aparecen. Nos miramos con santa indignación. El guía empieza a ponerse nervioso. Ya nos había advertido en el discurso de presentación que nos dio el primer día- antes de poner el autocar en marcha- que sería muy estricto con la  puntualidad y que esperaba que nosotros también lo fuéramos. Finalmente, después de 15 minutos de espera se dirige hacia la casa y al cabo de otros diez lo vemos aparecer por delante del grupo de los tres, que vienen soñolientos, comiéndose una especie de sándwiches destartalados y fumando algo que no sabemos si son porros o tabaco liado. Entra al autocar hecho una fiera y cuando el trío pretende subir comiendo el guía les dice:
-Throw the sandwiches away!!. It’s nine o’ clock. You have had enough time to have breakfast, you don’t have any excuse at all! – y arranca el autocar.
 Los tres entran impasibles, sin decir ni el clásico  “I’m sorry, I´m late” que aprendieron cuando sus papis les pagaron su primera lección de inglés, allá por el parvulario. Yo les digo: Good morning, no?? No contestan. Cuando llegan al fondo del autocar se desploman agotados en sus asientos y se ponen a dormir. Si por nosotras fuera les someteríamos a una buena descarga eléctrica en plan “reflejo condicionado” y a continuación le daríamos un  masaje en la espalda a nuestro pedazo de vikingo para que condujera más relajado y no tan rápido, pero nos conformamos con suspirar un poco más fuerte de lo normal.
El segundo día lo vamos a dedicar- nos dice- a conocer a fondo la isla de Skye. Hasta las 7 de la tarde vamos a aprovechar el tiempo al máximo, que para eso hemos pagado el billete. Miradas oblicuas. No nos tenemos que preocupar porque habrá tiempo para todo y haremos paradas para comer y para las consabidas facilities.
El panorama es  impresionante desde el primer momento, la amplitud del horizonte es tal que lo que conseguimos fotografiar con nuestras cámaras no es ni una décima parte de lo que pueden abarcar nuestra mirada. Lamentamos no haber traído un gran-angular. El guía nos da información sobre los orígenes geológicos de la isla y sobre la dura vida de sus gentes a lo largo de la historia, la cultura gaélica  y la caprichosa meteorología. Todo el mundo escucha sin atreverse a respirar cuando Colin habla, menos los padres chinos y los del gallinero. Incluso los que no escuchan no se atreven a hablar, tal como dejó claro el conductor con su furiosa reacción tras la primera interrupción, el primer día. Pavlov sabía lo que se hacía. Si dos de nosotros estamos hablando, en cuanto enchufa el micrófono nos miramos como disculpándonos y el interlocutor acepta con complicidad posponer la conversación.

 Hacemos broma entre nosotras de que el “hombre-orquesta” tiene unos botones en el cuadro de mandos capaces de activar un mecanismo que abre una trampilla bajo el asiento del que hable, e incluso barajamos la posibilidad de que “la mano que anda suelta”- de un cuento que nos explicaron en el tour de fantasmas- pueda llegar hasta nosotras para darnos una colleja si seguimos charlando. La suerte es que todo lo que explica es muy interesante, y seguimos sintiéndonos superiores a él porque conocemos su pasado psicológico. Además así aprendemos nuevas técnicas para controlar al alumnado.

La primera parada del recorrido es una enjundiosa subida de casi dos horas a una enorme mola llamada  Old Man of Storr. Bendecimos el desayuno de nuestra cocinera  y empezamos el ascenso. El camino es empinado, al principio vamos todos más o menos juntos, pero al cabo de media hora cada uno sigue su propio ritmo. La familia china no puede avanzar muy rápido debido a los zuecos con tacón que lleva la madre y a que en realidad no les interesa mucho este paisaje tan extraño, ellos solo querían estar con su hija. Al dividirnos en grupos podemos charlar con tranquilidad con todos los que vamos pillando por el camino. Maria José, nadadora entrenadísima y deportista capaz de soportar esfuerzos titánicos, hace rato que ha acelerado con los dos chicarrones recios: el húngaro y el portugués. Nuria y yo vamos en el pelotón intermedio haciendo fotos, disfrutando del paisaje y hablándole a quien se nos cruce, ovejas peludas incluidas. En el fondo del valle el guía espera al trío desnutrido para cerrar la puerta de un cercado que evita que se escapen las ovejas, lo cual contradice la creencia popular de que no se pueden poner puertas al campo. 

Una parte del paisaje que se puede ver desde la cima de “Old Man of Storr”


 Desde la cima del gran monolito se puede ver un panorama de 360º impresionante: la meseta erosionada y tapizada por una alfombra verde rasgada por rocas que sobresalen como cuchillos, las nubes que cambian constantemente de localización y filtran la luz en diferentes tonos, y las masas de agua que se confunden y se comunican con las montañas (En el cole nos enseñaron a pintar las montañas de color marrón, pero definitivamente son azules!! Que alguien avise a los profesores de primaria, que han estropeado a tantas generaciones!).
La falta de resuello después de tanto rato subiendo riscos y el orgullo de haber conseguido llegar (gracias a los huevos fritos de miss  Mac Alister) nos hace sentir poderosas y totalmente conectadas con esta naturaleza contundente. Bajamos el valle tan contentas como si nos hubiéramos dado un chute de EPO.
Nos subimos al autocar y mientras escuchamos “Caledonia” de Dougie MacLean nos explicamos en voz baja  la nueva información para el estudio antropológico: resulta que el chico húngaro acaba de terminar sus estudios de derecho en Inglaterra y ahora se va hacer un máster a los Estados Unidos. Nos quedamos tranquilas porque allí ya le enseñarán lo de los botones de la camisa. El políglota es un profesor de portugués en París, y el hombre tiene bastante guasa y desenvoltura. La chica china no habla muy bien de la comida y el clima inglés y está deseando volverse a su país donde todo es más saludable y diáfano. Su padre ha aprovechado el camino de subida para tener unas cuantas reuniones de negocios por teléfono, mientras la madre sufría horrores con sus calcetines y sus zapatos. La hija ha dicho que ellos no tienen ningunas ganas de caminar, que se quedarían en el coche.
La música nos relaja mientras asimilamos la nueva información. Los sudafricanos aun son un misterio sin desvelar, pero todo se andará. A los madrileños los hemos dejado ya por imposibles. Seguimos la ruta durante un buen rato. Callamos, miramos y escuchamos.

                                                                                                        ( To be continued)





jueves, 8 de mayo de 2014

El ciclo de la materia



                                                                                           
         
      Atravesando nubes de gas y vacíos de materia oscura, nuestro átomo de nitrógeno sale disparado de la supernova y -tras un larguísimo peregrinaje- se sitúa sobre el huerto de mi abuela. Como si esperara la ocasión -asido a las isobaras de los nubarrones- cae con la lluvia. Deduciremos que una de las lechugas lo absorbió del suelo y lo incorporó a la fresquísima hoja que mi abuela comió la noche en que concibió a su hija. Vamos a conjeturar también que mi madre conservó aquel átomo, agazapado en uno de esos tejidos que apenas se renuevan, mientras vivió.
         Yo también cultivo un huerto ecológico. Esta mañana, al recoger la urna, lo he planeado. Acabo de esparcir un puñadito de sus cenizas sobre los pimpollos de las lechugas, esas que este año me comeré con la secreta esperanza de retrasar un poquito el devastador ciclo de la materia. 
              

Esta ha sido mi propuesta para este mes en "Esta noche te cuento" con el tema "En la isla de las mujeres" y ha conseguido una mención del jurado
El cuadro es de Van Gogh 

domingo, 4 de mayo de 2014

La hermandad



                                               


       En la franquicia de ropa todas las adolescentes se prueban muchos pantalones. A las pobres ninguno les acaba de sentar bien, aparte de no combinarles con lo que ya tienen. Vuelven a dar otra vuelta por la tienda, remueven aparadores, calculan tallas, encuentran tesoros y después de hacer cola entran en el vestuario esgrimiendo una pieza de plástico con un número que simboliza las cinco, seis o siete piezas que se van a probar.
    La música máquina retruena sin compasión, vibrante y telúrica, como si procediera del infierno.
    Las madres de las adolescentes esperan-¿o sería más preciso decir que desesperan?- que se acabe el ritual. Algunas poseen temples de atleta y resisten imperturbables las embestidas de las niñas, que las usan como perchero de lo que van eligiendo y las acusan sin palabras de ser las culpables de estar tan gordas. Las más equilibradas consiguen no reaccionar ante la voz crispada y capitalista de la niña que les recuerda que “no tiene pantalones”. Otras, a los veinte minutos necesitan recurrir a un disimulado Trankimazin bajo la lengua para sobrellevar el trance de que sus hijas las quieran, pero también las exploten e incluso pasen un poco de vergüenza ajena por ellas. 
     Todas ellas son aun jóvenes, unas réplicas maduras de las insaciables consumistas que llenan los probadores, pero en ese momento se sienten muy viejas y creen que, en lo que se refiere a la educación de sus hijas, lo han hecho todo mal. Entre ellas se reconocen, resignadas y solidarias. Media sonrisa, apoyar el peso en la otra pierna o mirar el reloj son algunas de las conductas que les apaciguan al verla en otra de su misma condición. Cuando ya llevan un buen rato se sitúan en diferentes zonas de la tienda: una se resguarda tras las camisetas de tirantes, otra disimula con el móvil en la zona de las sudaderas, otra finge que busca una talla de pantalones pitillo, las más afortunadas se dirigen-con la niña momentáneamente aplacada y complaciente- hacia la caja, para pagar. El acero se tensa en sus mandíbulas, la música no ha parado de golpear sus sistemas nerviosos. Nadie les había avisado de los peajes de la adolescencia.
     Y, de repente, cuando los altavoces avisan de que en breve van a cerrar, una corriente eléctrica recorre los lugares estratégicos donde se agazapan. Se asoman, se buscan con los ojos inyectados en sangre, levantan sus cabezas al unísono y- sin saber a qué impulso ancestral obedecen-  inundan la tienda con un tremendo y prolongado aullido, con el que saludan a la luna y dan por finalizada la tarde de compras.


Dedicado a todas las madres con hijas adolescentes


La fotografía fue tomada en un mercadillo de Loughborough( Inglaterra)