Publicaciones

martes, 16 de septiembre de 2014

Fabioleando



                               "Tener un animal doméstico tiene algo de un intento de redimir por                                                     lo menos a una criatura, un esfuerzo por brindar aunque sea a un solo                                                ser una vida sin tristeza"    Rudy Kousbroek ( El secreto del pasado). 
                                      
            Como cualquier otra tarde, es hora de salir. La luz, la orientación del viento que se filtra por la rendija, el sonido de las puertas que se va acercando, el tintineo de la correa, pero sobre todo los olores: menos detergentes y más latigazos de asfalto.
Deslizarse por las escaleras al único modo, arrastrando más peso que a la subida, la velocidad, la tensión en el cuello. Acomodar el paso, los encuentros, el ansia por llegar al monte. Ahí está, el rastro de los últimos días, esa tarea pendiente que ronda-y reaparece al pisar la tierra-como el hambre y el sueño.
Urge descifrar los nuevos caminos, todos los regueros de posibles pistas. La hierba cosquillea en el hocico pero lleva información fresca, mensajes labrados en el suelo que sugieren y reclaman. Acaban de pasar dos de la misma especie, uno de ellos macho, el labrador. Cubrir las señales con sal diluida, y una vez se ha dejado constancia seguir dibujando el propio camino. Se superpone un contundente rastro de jabalí. Parece que allá asoma el camino de los orejudos, a cuya demanda de velocidad es imposible resistirse.
Esta tarde es más fuerte, ya se percibe una forma. No es la sombra grande y oscura de brillos afilados que te mira para después salir en estampida, la mayoría de veces hacia donde no apuntan las patas. Hoy es el pelaje que buscan los dientes, el que nunca llega, el que da sentido a la busca y da rumbo al movimiento.
Porque los animales no viajan. El sentido de viajar es no saber lo que vienes buscando para encontrarte lo que no esperabas y olvidar lo que te trajo y te puso en marcha. Los animales se mueven. Un resorte interno los impulsa y los desplaza hacia lo más primordial: el calor, el otro, la sangre o el refugio de la cruel intemperie. Misiones de las que no se puede dimitir y que afinan los músculos en una explosión de ataque o de huida que, difundiendo desde el centro como una ola de sopor, anteceden al cansancio o a la muerte. No existe el viaje, sino el movimiento que salva. Incluso esos salmones que intentan remontar embalses, o las tortugas que desovaban en la isla cercana a la playa, y que ahora-millones de años después, derivados los continentes-recorren a nado miles de kilómetros como si trataran de comprimir el espacio. Y las golondrinas-por qué demonios lo hacen-que trastocan el Ártico en Antártico.
Hoy el conejo no se aleja corriendo: por el olor se sabe que se acerca, el viento lo pone en evidencia y le impide detectar el peligro. Cada vez más cerca, porque la lluvia de ayer amortigua el crepitar de las hojas secas. Casi delante, a pocos metros, pero hay que verlo para lanzarse. Se ha parado ¿o es el tomillo que lo inunda todo? Si aguanta quieto sabrá de dónde viene y arrancará en la dirección de huida. No, el miedo tira más y sale corriendo por donde venía.
Dejarse ver desata la tensión. El resto está previsto. Solo queda cabecear en ambas direcciones previendo los quiebros del roedor y correr. Correr sintiendo la brisa de la tarde combando las espigas y azotándole el rostro. No pisar el suelo. Volar. Todos los sentidos casi estallando. Si se aleja a campo abierto está perdido, y ya se le nota el cansancio. Quizás pueda entremeterse en las rocas de arriba, los calares siempre disponen de pasillos estrechos y escondites. ¿Adónde romperá en el siguiente giro? La vista y el oído se hacen uno.
El cuerpo se estira más de lo que puede dar de sí. Por un momento alcanza la máxima ligereza: elimina su peso y una de sus dimensiones, convirtiéndose en un arco a punto de ser disparado. Salta la flecha y atina. Se acabó. Fabiola disfruta del sabor y la textura.
Ya puede llevárselo. Se acompasan los latidos de cazadora y presa. Relajación y resignación.
Menuda felicidad vivir en el paraíso de los galgos. Vivir al caer la tarde la emoción y el triunfo. Recuperar el peso e impregnarse del olor. Ya está ahí la dueña, compañera de pulsiones, también hembra y madre, qué alegría se va a llevar.



Para celebrar que en las pruebas de la selectividad de este septiembre ha salido mi perra Fabiola ilustrando una de las  preguntas que yo propuse, en la que se comparaba el metabolismo de galgos y huskies, subo al blog este relato que escribimos a cuatro manos hace un tiempo Víctor Paniego y yo. El examen se puede ver aquí

6 comentarios:

  1. Leyendo esto dan ganas de ser galgo, de verdad.
    Magnífica descripción

    ResponderEliminar
  2. Los galgos son unos perros excepcionales como animales de compañía, muy tranquilos en casa y activos cuando salen. La gente no lo sabe y se creen que al ser tan grandes y veloces necesitan estar en un espacio abierto, nada que ver, solo quieren estar en compañía de sus amos plácidamente, durmiendo y contemplándote mientras esperan sin prisas que se les de un par de buenos paseos al día. Me alegra que te haya gustado, Elena.

    ResponderEliminar
  3. Mar Rodríguez Martínez18 de septiembre de 2014, 1:59

    Siempre hemos sabido que tenías alma de galga, Paz, qué bonito :-)

    ResponderEliminar
  4. A ratos creía ser galgo y a ratos... me perdía, sin saber exactamente que debía ser. Pero no me lo tengáis en cuenta porque suelo necesitar que me den la información muy mascada. Por cierto, eso de escribir a cuatro manos suena divertido. Y menuda estampa la de tu perro. Yo tengo un Bichón Maltés, y en lo único que se parece al tuyo es en la idéntica chapa roja con forma de hueso que cuelga de su collar.

    ResponderEliminar
  5. Jaja, lo de escribir a cuatro manos fue muy divertido en este caso, casi casi al final escribimos una frase alterna cada uno, un auténtico patchwork. Y esta ambigüedad que tu detectas como confusa es premeditada ¿ cómo se puede describir el mundo desde una perspectiva tan diferente de la nuestra? ¿cómo transcribir el mundo olfativo que ellos perciben?
    Gracias por comentar, mi galga Fabiola y yo te lo agradecemos. Me dice ella que le envía una olida de cuartos traseros a tu bichón maltés.Es muy coqueta, ella.

    ResponderEliminar