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sábado, 14 de junio de 2014

La que mira


Me viene a buscar a la sala de ordenadores.
-Oye, no has limpiado la cocina ¿no?
-Si, la acabo de limpiar- le contesto.
Me levanto y la acompaño para que lo vea. Cuando llegamos me señala la encimera vitrocerámica.
-Acabo de recoger el lavaplatos y todo el resto, pero tienes razón, la encimera no la he limpiado.
-Cada uno cuando acaba de preparar lo suyo tiene que dejarlo todo limpio para el siguiente. La coordinadora me ha dicho que hay restos de aceite y yo le he contestado que hace dos días que yo no cocino en esta zona, así que…Ah, y las sartenes no se meten en el lavaplatos. Ya la he sacado yo, pero para que lo sepas.
-Vale, ya lo limpio- le respondo.
-Lo mismo para el suelo, barrer y pasar la fregona. Así el siguiente se lo encuentra en condiciones.
-Pero aun falta gente por venir, y el suelo se friega al final ¿no?
-No, cada vez que se usa.

Salgo de la cocina, después de hacer todo lo que se supone que debería haber hecho, con un nudo en la garganta, con ganas de llorar.
Yo me había esmerado en recoger el lavaplatos con platos que obviamente no todos eran míos, en llenarlo de nuevo con mis cosas fregadas a mano previamente- tal como dice el cartel- para asegurar la eliminación de todos los gérmenes debido a la vulnerabilidad de los niños hacia las infecciones.
Me siento como una colegiala hipersensible a la que le ha regañado una maestra estricta, o la madre superiora. No, peor, me siento como cuando miro fotografías de guerra: inadecuada. Sorprendida por la absurda vacuidad de mi vida. Sintiendo más terror por mi propia inadecuación que por la situación en si, y ¿cuál es la situación?  La situación consiste en que una mujer, madre de un niño con leucemia al que no le encuentran donante de médula, me ha dicho , con una fuerza inaudita , que fuera más responsable, más aseada. A mí, que llevo en el centro solamente dos días y que trato de cumplir las normas escrupulosamente para pasar desapercibida. El problema es que nadie me había explicado todas las normas, no las he cumplido y ahora ya no soy transparente. Ya no me sirve el manto de invisibilidad que había tejido a base de de discreción, silencio y respeto  por el drama que están viviendo esas familias que pululan como zombies por la residencia.
Yo solo acompaño a mi sobrina durante unos días, sustituyendo a mi hermana. Ella no tiene cáncer como la mayoría de los niños que viven aquí mientras son tratados: lo suyo es un problema de traumatología con bastante buen pronóstico, la posibilidad de una intervención quirúrgica si las cosas se ponen en lo peor. Pero nada comparado con los efectos de la cortisona en Cristina, con la pierna amputada de Tamara, o con la espera de un donante compatible. Tengo la posición privilegiada de un voyeur, del que mira. Pero el que mira interfiere,  no se puede pretender mirar sin entrometerse. Yo no he sido invitada a esta fiesta. Me he colado. Y me acaban de pillar. Entre ellos hablan de plaquetas y trasplantes y yo querría desaparecer para que no tuvieran que desnudarse en mi presencia. El tremendo pudor a presenciar su dolor me ha convertido en una serpiente que se desliza por las esquinas, esquivando a los verdaderos protagonistas: madres que se sonríen y sacan fuerzas para hacer bromas y preparar comidas en común. Niños que viven con pasmosa naturalidad las vías abiertas que asoman por su cuerpo, la falta de pelo o su exceso como consecuencia de los antiinflamatorios, que juegan al futbolín o al último videojuego. Que rechazan con dignidad la compasión de los voluntarios cuando ésta es demasiado patente. Niños que desobedecen a sus padres, padres que les riñen cuando no quieren hacer los deberes o irse a dormir para reforzar la sensación de que no pasa nada. Adolescentes que no quieren ser acariciados por una mamá que necesita hacerlo. Sonrisas, ojeras marcadas, cansancio, carreras de sillas de ruedas. Vladi ha visto hoy por primera vez el mar, en Rumanía nunca lo vio. La hermana de Tamara  ha tenido un hijo hace diez días, dos días después de la amputación  y el bebé tiene un pelo crespo y africano. Ahora viven todos aquí con la abuela, dulce y grande como la tierra, que ha dejado cuatro hijos más en Nigeria.
Hay una calidad especial en el aire de la residencia Ronald McDonald, en la que se alojan los niños enfermos y sus familias. Una luz combada lame el espacio como lo hace una perra con sus cachorros, a veces se concentra y brilla atrayendo la esperanza hacia su núcleo, pero otras- cuando duda- es ubicua y sin centro. Una luz que vibra con la fragilidad y con la fuerza de estas madres que me han recordado que tengo que ser más responsable. Una luz que ya no pasa a mi través.



 La foto la hizo mi sobrino Elías. Yo estaba allí. Me parece una perspectiva genial. 
En este vídeo ( hecho también por Elías) mi sobrina Mar explica su experiencia en la casa Ronald McDonald.



11 comentarios:

  1. Un relato emocionante que estremece al ser narradora de esta vida, que para nosotros permanece oculta, de esos niños y adolescentes afectados por el cáncer. El detalle de la limpieza de la cocina le da verosimilitud a lo narrado, más cuando sale la protagonista con ganas de llorar, y los que lo leemos sentimos algo parecido.

    Saludos cordiales.

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    1. Me gusta que te haya transmitido esa sensación de sorpresa y vergúenza que tuve en ese momento, una sensación que se podría resumir con el palabro "tierratrágame" si me lo permites. Realidades que suelen estar ocultas, que no queremos ver , pero que en ocasiones nos explotan en la cara y no podemos eludir, aunque solo sea como observador sensible.La empatía no sirve en estos casos, no puedes llegar a hacerte una idea de lo que les pasa a esos padres. Un saludo agradecido de vuelta Joselu.

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    2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    3. Perdón , quise escribir "vergüenza" con los dos puntitos prescriptivos, pero se me fue el dedito. ¡Qué vergüenza !

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  2. Me has emocionado en varias ocasiones. Una experiencia tremenda, Paz. Gracias por compartirla.
    Un abrazo grande. Y para tu sobrina, otro.

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    1. Gracias a ti Miguelángel , por pasar, emocionarte, y dejar registro. Besos, besos.

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  3. Empatía, esa es la palabra, Paz, eso es lo que he sentido a leerte. Sí, hay una calidad distinta en el aire, sí.
    Gracias.

    Besitos

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  4. Es imposible mantenerse al margen, del microrrelato, de lo cuenta, de la realidad.
    Ese "tierratrágame", ese asombro y ese valor.
    Aunque duela, que duele, esta bien que alguien nos lo cuente, nos lo recuerde, nos lo vuelva a contar, una y otra vez, las que sean preciso.
    Un beso fuerte a todos, y unos mimos

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    1. Muy cierto lo que dices, Luisa ( por cierto no te reconocí en la Quedada hasta que te vi en las fotos a posteriori, qué lástima no haberte saludado). Y gracias por los mimos, qué ricos.

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