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miércoles, 5 de febrero de 2014

El regalo


                                                                Oleg Trofimov/contemporary Russian artist/Rainy Day in Paris.

La calle comercial se extiende ante ella como una alfombra. Es temprano, hace un frío desapacible, todavía sin rayos de sol que suavicen la mañana del día de nochebuena. Los propietarios de los comercios levantan las rejas de seguridad. Un corredor atraviesa la calle echando por la boca algo que recuerda al humo de una locomotora.
Lucía entra en una tienda de ropa de caballero.
-No sé, esta corbata me gusta mucho, pero es una prenda tan personal...me lo voy a pensar y vuelvo más tarde.
Colores que parpadean incansables. Villancicos vomitados por altavoces que espían con ojos cuadrados e indiscretos. Pero hoy pretende sentirse privilegiada: los niños están con su marido y puede dedicar la mañana a comprar ese último regalo con el que no contaba.
Siguiente parada: colonias. Minotauro le convence, aunque no sabe si por el aroma o por el nombre. Pero quizás sea un perfume excesivamente juvenil para él. Sale de la perfumería con un incipiente dolor de cabeza. La calle empieza a llenarse de náufragos navideños. Un perro sin collar marca su territorio en una esquina. Una anciana pasea del brazo de una mujer con rasgos de india. El vendedor de cupones tiene la nariz roja y los ojos desorientados. Otro corredor.
Lucía entra en cinco tiendas más. El dolor de cabeza difunde a las articulaciones. El caparazón de la música se agrieta y las ideas que acceden a su mente le producen un ligero escalofrío.
No se decide. No sabe qué le podría gustar. No quiere parecer demasiado obsequiosa, pero tampoco una rácana. Cómo ser original sin pecar de extravagante. La última tienda: una pastelería. Sale con una enorme caja de bombones. Deja la zona comercial como si bajara de un tiovivo: con las piernas temblonas y unas décimas de fiebre.
Llega a su casa. No hay nadie. Habrán ido al parque. Respira hondo, se sienta en el sofá. Coloca la caja en su regazo. Observa fijamente el paquete. Los dedos de sus manos empiezan a deshacer el envoltorio, al principio con delicadeza, después con violencia. El papel vuela en pedazos hacia el suelo y un bombón relleno de licor explota en su paladar. Sus manos han decidido que no va a regalarle nada a ese ginecólogo que tan amablemente la ha atendido y que va a acelerar los trámites para extirparle ese bultito que le acaban de detectar en el pecho.



Dedicado a Beatriz Alonso, por las felices coincidencias.Y por los aniversarios especiales.

Con este relato he quedado finalista en el II certamen 400 palabras, de la entidad 400 metros. 

4 comentarios:

  1. Madre mía Paz, que tenemos telepatía... ¡y eso que no existe! Porque si llega a existir... ¡escribiríamos a cuatro manos!

    Qué dolores de cabeza provocan las tiendas en navidad, en rebajas y en cualquier momento. Y qué absurdo es comprar regalos, seriously.

    Gracias por la dedicatoria. Besos

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  2. Pues, si , no existe pero lo parece...No me importaría escribir algo a cuatro manos contigo mientras hacemos el futuro hipotético cursillo de patchwork, aunque al final pareceríamos pulpos, tantas manos haciendo cosas...¡Feliz no cumpleaños! ( sin regalo comprado)

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  3. Un desenlace sorprendente, Paz. Llego apenas a tu blog desde ENTC y me quedo maravillado.
    Un saludo
    JM

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  4. ¡Muchas gracias, Juan Manuel, y bienvenido a mi humilde y recóndito blog!
    Paz

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