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sábado, 30 de marzo de 2013

Todas estaban invitadas



El reencuentro, tantos años después, resultó mejor de lo esperado. Y un éxito total de asistencia.
Escondimos nuestra curiosidad ansiosa bajo una capa de risas y recuerdos cómplices para poder atravesar así la celebración con dignidad. Nos repetíamos que estábamos igual, que las personas no cambian: los mismos rasgos en la cara, los mismos tics en la personalidad. Una versión actualizada de aquellas niñitas— decíamos. Aunque repletas de cicatrices, decepciones y quilos de más— pensábamos. Ahora llenas de sabiduría y de experiencia-concluíamos en voz alta, impacientes por decir lo correcto.
                Igualitas, en el fondo, que en la foto de primero con la señorita Mari Cruz. Si acaso un poco menos nítidas que en esa fotografía, como si la vida nos hubiera difuminado con los contornos tenues de una acuarela. La última y descolorida muñeca rusa que albergaba en su interior a las diferentes niñas y adolescentes que cada una fue y que ahora iban desfilando en ese montaje audiovisual con el que tan a gusto lloramos todas.
A la mayoría las ubiqué enseguida. Algunas se resistieron hasta el momento de la primera conversación. Pero con una de ellas no atinaba. No se parecía a ninguna de las que yo recordaba. Nombre y apellidos vulgares y olvidables, nada destacable en su aspecto. Al principio no me perdonaba mi despiste, pero luego me convencí de que tampoco era tan grave el olvido de una sola fisonomía en un grupo tan numeroso. Le dediqué una sonrisa simulando reconocerla y me sumergí en el frenesí de los saludos sincopados, sin saber que su identidad quedaría flotando en mi cabeza como una incógnita durante toda la jornada. Operaciones estéticas, horribles enfermedades deformantes y otras conjeturas descabelladas se iban sustituyendo y descartando en un rincón de mi mente mientras atendía al festival de emociones en curso.
Después de la comida fuimos a hacer una visita al Colegio para poner un marco físico a nuestra supuesta nostalgia de ex alumnas. Subimos al aula de octavo de EGB. Las organizadoras habían distribuido los pupitres tal y como estaban 30 años atrás. Nos sentamos cada una en el nuestro. Reíamos nerviosas.
La única alumna a la que las monjas habían convencido para tomar los hábitos ofició de maestra de ceremonias. Se situó frente a la pizarra e interpretó una caricatura muy lograda de la madre Rosario. Las demás volvimos a ser aquellas adolescentes enfundadas en un uniforme a cuadros marrones, representando los mejores momentos de esos años compartidos, en un revival catártico y delirante.
Yo reía sin control, y a la vez miraba a las demás sin poder creer en qué se  habían convertido, en qué nos habíamos convertido. Cada una en su lugar, desbordando el espacio que ocupaban entonces. Casi todas haciendo el ganso. Eufóricas por confluir en una misma broma, deseosas de sentirnos unidas a esas mujeres tan cercanas y a la vez extrañas como unas desconocidas.
De repente caí en la cuenta de que todos los pupitres estaban ocupados. No quedaba ninguna mesa libre, aparte de la del profesor, para cuando la ex alumna-monja acabara su actuación. Sobraba una. Una gota de sudor frío me recorrió el cogote. Nadie más se había percatado de esa irregularidad.
Aterida, busqué con la vista a la intrusa.
Ella me estaba mirando fijamente con sus ojos grises como la niebla, o quizás como el plomo.
Ambas reaccionamos con la mezcla exacta de espanto y melancolía con la que se reconoce a un espectro.


                                                      Dedicado a Yolanda Fernández, amiga reencontrada.

                                                                          

martes, 26 de marzo de 2013

La emoción del primer trabajo



La joven ya ha llegado a la agencia. Sube las escaleras apretando contra el pecho el bolso de mano que contiene su flamante currículum de licenciada  en pedagogía. Antes de llamar a la puerta deja por un momento el paraguas en el suelo y se seca las manos en la falda.
Aparte de su carrera universitaria, su amplia experiencia como monitora de colonias, vigilante en comedores escolares y profesora particular tendrían que proporcionarle serenidad en su primera entrevista para acceder a un puesto de aupair en el extranjero, pero sus manos sudorosas y el galope de su corazón desmienten semejante obviedad.
Le abren. Responde a las preguntas. Si, tiene vehículo propio, nivel alto de inglés.No fuma. Aporta unas referencias impecables. Acepta el sueldo y los horarios. Hay una plaza en una familia de Londres. Puede empezar ya.
Sonríe. Firma el contrato. Baja las escaleras a saltitos hasta el primer piso, el tramo final sentada en la barandilla. Empieza a afinar su voz inventándose una canción absurda con palabras larguísimas y ritmo machacón. En la puerta se cruza con un operario que viene a reparar calderas de calefacción. Mary le guiña un ojo.
Sale a la calle. Se ajusta las horquillas de su peinado, se coloca su gorrito  y, suspirando, abre el paraguas.
Una ráfaga de aire le ayuda a elevarse por encima de los tejados, empujándola suavemente hacia las brumas del norte.


Dedicado a Mila Pubalova , Lenka Krestankova y Lenka Lehmann, mis tres supercalifragilísticas y espialidosas ex aupairs favoritas


miércoles, 20 de marzo de 2013

La carta




Que llevara siete sellos le pareció excesivo. Preocupante. Los despegó uno a uno con mucho tiento y abrió la carta certificada.
Un ejército de falsos profetas, tronos, plagas, cuernos, copas y números salieron en estampida y llenaron la habitación. Cuando por fin cesó el sonido de las trompetas y las multitudes se retiraron a las esquinas, sacó el documento del interior del sobre con pulso indeciso.
 En el mismo instante en que la temida notificación de desahucio entró en contacto con la atmósfera, las estrellas cayeron y el sol se oscureció, escenificando así el primer acto de su particular Apocalipsis.


( Esta es mi aportación personal a la primera jornada de la convocatoria  “La primavera de microrrelatos indignados 2013”) 

martes, 19 de marzo de 2013

Nota para los lectores de este blog

Escribo esta nota para todos los que accidentalmente o con premeditación y alevosía se han asomado a este blog desde su reciente inauguración.Esos números( de cuatro cifras!!! y de los países más insospechados)  que veo en las estadísticas y que mi fantasía transforma en personas con  sus biografías, sus hobbies, sus miedos y sus iniciativas.Rostros desconocidos que me hacen compañía cada vez que abro el blog.
La nota es para pedir colaboración en un proyecto en el que ando metida hasta la médula. Resulta que estoy escribiendo, juntamente con un amigo que es profesor de secundaria como yo y también escribe, un libro en el que narramos "situaciones extraordinarias en el aula", para una editorial con la que ya hemos firmado el contrato. Los dos estamos bien curtidos en experiencias con alumnos en los 25 años que llevamos en las aulas, y nos van brotando historias y más historias, algunas de ellas de las que ni siquiera nos acordábamos. Pero sabemos que en algún momento se nos acabará el repertorio propio ( tenemos que escribir 100) , y no pretendemos que sean solamente de secundaria ni de clases de biología ( que es nuestra especialidad).
Por eso lanzo este llamado , por si alguno de los lectores pudiera proporcionarme alguna anécdota sobre alguna situación digna de ser relatada ( algo sorprendente, divertido, conmovedor, inesperado....) de la cual fuera testigo o protagonista. El rango es muy amplio: desde la escuela infantil , primaria , secundaria , universidad, educación de adultos, talleres literarios ...tanto desde el punto de vista de alumno como de docente.Situaciones o anécdotas a las que se les pueda dar una vuelta de tuerca literaria.
Yo vampirizaré la historia, la manosearé,la masticaré,  haré la digestión y la devolveré transformada en algo probablemente distinto pero tratando de ser fiel a su esencia, en formato de una o dos páginas.
Si alguien se anima a compartir sus historias extraordinarias vividas en un aula conmigo puede enviármelas a través de un mail privado.
Un abrazo para mis interlocutores anónimos y muchas gracias por estar ahí detrás.

domingo, 17 de marzo de 2013

Comunión




Había estado tan unida a su marido que cuando se encontró en el tanatorio velando su cadáver no pudo evitar el deseo de que él estuviera a su lado cogiéndole la mano para ayudarle a pasar tan terrible trago.

                                                                                                                             Para Cristina Leyva 

                                                                                                                                        (foto de Elías Ruiz Monserrat )                                                                           

viernes, 15 de marzo de 2013

La gioconda





Una parrillada de fin de semana en el chalet de la urbanización suele ser garantía de pocas sorpresas, pero ayer se confirmó que los fenómenos paranormales se pueden esconder agazapados en cualquier esquina de la realidad, para saltar a la yugular sobre los más incautos. 
Cuando nos dimos cuenta del origen del polvillo que había sobre las sardinas que nos acabábamos de comer ya era demasiado tarde.
No teníamos nada que objetar a que cada uno haga lo que quiera con las cenizas de sus muertos ( una amiga mía me confesó un día que ella quería que sus cenizas se esparcieran- disimuladamente- por el Corte Inglés, el lugar en el que pasaba sus mejores horas). Comprendíamos, además,  que la señora María había pasado muchos veranos en la casita adosada contigua a la nuestra, últimamente muy impedida pero siempre con esa sonrisa entre irónica y resignada. Que le iba a resultar muy placentero flotar por toda la eternidad sobre su jardín y así contemplar como crecían nietos y biznietos desde su nueva dimensión gaseosa. La situación era impecable, y muy emotiva. Los vecinos ya nos habían contado lo que harían cuando fuimos al tanatorio.
Con el único elemento con el que podíamos enfadarnos era con esa indiscreta ráfaga de viento que había desviado el desarrollo del rito funerario hacia nuestro jardín, con un remolino juguetón sobre la parrilla donde se freían las sardinas.
La señora María viajará, a partir de ahora, allá donde nosotros y todos nuestros invitados vayamos. Conocerá el ancho mundo que se le negó al encerrarla durante tantos veranos en ese aburrido y claustrofóbico chalecito.
Nunca es tarde para comprender el motivo de una sonrisa enigmática.

( Este microrrelato quedo finalista en el concurso de la microbiblioteca el pasado mes de noviembre 2012 ) 

miércoles, 13 de marzo de 2013

El niño hámster ( o el problema de la extinción de las Nancys )



Cada vez que saco una bolsa de guisantes del congelador, recuerdo con nostalgia mi adolescencia, y a ese monje meticuloso que se dedicaba a contar guisantes en el huerto de su monasterio y los clasificaba en verdes o amarillos (¿alguien  ha visto alguna vez un guisante amarillo?).
El final de mi infancia estuvo marcado por dos hechos consecutivos muy concretos. Lo primero fue la sustitución progresiva de las Nancys a favor de las Barbies en los escaparates de las jugueterías. Y un par de años después, cuando yo ya me había resignado a la miniaturización de la belleza y sus complementos, el descubrimiento de la genética y sus leyes. Para entonces mi Nancy ya descansaba lánguida en una caja rodeada de los chalecos y las faldas escocesas que mi madre le confeccionó.
Recuerdo la explicación de las leyes de Mendel por parte de la profesora de biología como una revelación. Un antes y un después en mi formación científica. Unas leyes que pudieran  predecir si yo podría tener un hijo con los ojos azules y con qué probabilidad, era algo de un calibre diferente a todo lo que yo había estudiado con anterioridad. Eran tres leyes perfectas, redondas, prácticas y comprensibles. La culminación positiva  de una serie de principios que regían la naturaleza y que iban adheridos al nombre de su descubridor,  como el principio de Arquímedes, las leyes de Newton o la fuerza de Coriolis. Leyes, éstas, confusas y poco aprovechables para mi vida diaria.
Pero, una ley que dijera que si mi madre tenía los ojos azules, aunque yo los tuviera marrones podría tener un hijo con ojos azules, siempre y cuando me casara con un marido de ojos azules o tuviera una suegra con ese color de ojos (o un suegro, creo recordar), era una ley que me servía muchísimo en aquellos años de tanta zozobra platónico-sentimental. Una ley hecha a la medida de mi fantasía.
Soñar con una  suegra de  ojos azules me excitaba y me transportaba a países nórdicos con lenguas extrañas e interminables bosques de abetos. Quizás en ese país nevado de donde procedería mi futuro marido existían los guisantes amarillos, por simpatía con el pelo rubio de la mayoría de sus habitantes. Imaginaba un largo problema de genética en el que se planteaba mi propio cruzamiento con ese pedazo de vikingo. Mi pelo moreno,  rizado y dominante cruzándose con su cabello lacio y rubísimo, pongamos que albino. Recuerdo que fantaseaba con que tenía cuatro hijos, igualmente probables: uno con el pelo moreno y liso, una niña morena y con el pelo rizado (como yo, esa heredaría , además, mi nombre ),  otra niña albina con el pelo liso ,y lo más fascinante: un niño con el pelo blanco y rizado. Ese era mi favorito. Sería un niño muy delicado, que no podría salir de casa. Una criatura sensible que jugaría al ajedrez y escribiría poemas. Además, al ser albino, tendría los ojos rojos como los hámsters. Eso era lo sorprendente de la genética: que incluso teniendo una suegra con los ojos azules y alces en el jardín, mis hijos podrían tener los ojos rojos.
Las clases de biología transcurrían llenas de magia  y de posibilidades. Repletas de reyes cuyos vástagos se desangraban  por una maldición que resultaba ser un gen, o se volvían cada vez más feos y larguiruchos. Caídas de imperios porque se casaban entre los primos, y bastardos fuertes y resistentes como juncos. Abuelos que no parecían estar enfermos pero transmitían enfermedades muy molestas y  pruebas de paternidad demandadas por madres despechadas. Era mi asignatura preferida. Yo quería ser bióloga para comprender la naturaleza humana y la historia de las civilizaciones. 
Al final el destino se cumplió, aunque  con un cierto desencanto,  propio,  por otra parte, de eso tan raro que llamamos realidad.  Estudié biología y al hacerlo me enteré de que Mendel había hecho trampa con los resultados de sus experimentos. Tuve un marido con el pelo lacio y una suegra con los ojos azules, pero ninguno de mis cuatro hijos  tiene los ojos rojos, y por suerte no hay alces en el jardín de mis parientes, solo unos gatos silvestres. Lo peor es que aunque mis dos hijas tienen muchas barbies, nunca podrán conocer el placer de poder vestir y desnudar a una Nancy con un vestido de hippie o una falda escocesa. 

sábado, 9 de marzo de 2013

Herencia



Antes de ponerse el pendiente frotó el metal que rodeaba el zafiro con un bastoncito impregnado en líquido para limpiar plata. Cientos de estratos de tiempo levantaron el vuelo dejando la superficie luminosa y desnuda. Se acercó, curiosa, y la joya le devolvió el rostro adolescente de su abuela probándose el pendiente ante un espejo. 
    



Gracias a María Paz Ruiz por sugerirme la idea de que las muñecas rusas son un buen símbolo para los árboles genealógicos. No sabía dónde colocar esta preciosa foto de mi sobrino Elías y ahora ya está con su texto.

( Este microrrelato fue uno de los seleccionados para la antología Mar de Pirañas) 

viernes, 8 de marzo de 2013

Génesis





Tras la noche del domingo la casa era caos, confusión y oscuridad sobre el abismo del fin de semana. Una corriente de aire aleteando por encima de la cama la despertó. Encendió la luz y decidió amanecer con convicción.
El martes hizo las fotocopias , leyó el prospecto del jarabe , tachó unos asuntos de su agenda, clasificó papeles y recuerdos. A la derecha el montón de ropa de entretiempo, a la izquierda la de invierno. Por la noche contempló, cansada y satisfecha, las luces que parpadeaban en el cielo.
El miércoles lo dedicó a que todo diera fruto: regó las libretas con palabras y abonó las plantas del jardín, miró a sus hijos a los ojos y llenó la pizarra con esquemas. Cuando quiso darse cuenta eran las ocho. La noche había atrapado al día otra vez.
En cuanto al resto de la semana se la ve borrosa por la velocidad y por el tiempo, pero parece que trajina por la casa, conduce hasta el trabajo, acompaña al pequeño al dentista , recoge la cocina , chantajea a su hija y en las cenas se ríe de bobadas.
El  domingo se despierta algo cansada. Y descansa. Pero solo un poco, mientras saca al perro a pasear. Después decide tomarse un café y ponerse manos a la obra. Porque ahí está  otra vez el caos. Y el abismo. Y las corrientes de aire. Y todo la requiere para que cree de nuevo la semana. 

                                       
                                                                  ¿Hoy no era el día de la mujer trabajadora? Pues eso 

jueves, 7 de marzo de 2013

Manzanas envenenadas



Se está celebrando en Hanau (Alemania) el “Primer Congreso Internacional de Madrastras “. Con especialistas procedentes de todos los ámbitos, el Congreso está teniendo una gran afluencia de público y de conferenciantes. Ayer se profundizó sobre el tema: ¿Somos las madrastras tan malas como nos pintan los hermanos Grimm?
Una invitada de excepción inauguró el ciclo de conferencias. Se trata de Noelia Dickerhoff, la tataranieta de la madrastra de Blancanieves (descendiente de una hija de su primer matrimonio). La ponente defendió, en una brillante exposición, la inocencia de su antepasada. Basándose en datos científicos y filológicos demostró que si la reina le preguntaba constantemente al espejo quien era la más bella, era simplemente para saber en qué momento podría llevar a su hijastra a una agencia de modelos con garantías de éxito. También argumentó que la joven se escapó al campo a vivir con unos amiguetes en una comuna, por su propia voluntad. Y que no es que viviera con enanos, sino que ella era muy alta, de ahí lo de la agencia de modelos.
La señora Dickerhoff continuó el desagravio explicando que la cesta de manzanas que le llevó la madrastra cuando se disfrazó de viejecita (por pura discreción, no quería importunarla) tenía la finalidad de que  la chica volviera a alimentarse bien, pues corría el rumor de que estaba cayendo en una anorexia nerviosa preocupante.
La ponente aportó datos sobre los análisis que eminentes científicos han realizado a la manzana incorrupta que se encuentra en el museo de los hermanos Grimm. Parece que se han detectado trazas de pesticidas en la piel de la manzana, lo cual manifiesta que la supuesta muerte se debió, si acaso, a un descuido higiénico de Blancanieves al no lavarla, nunca a una intención asesina por parte de la reina.
En la mesa redonda posterior a la conferencia se discutió la posibilidad de analizar los restos fósiles de la otra famosa manzana envenenada, la del origen de todo. A ver si resulta que lo hemos entendido todo mal desde el principio -dijo Wilhelm Wassermann, presidente de la Sociedad Europea de Cuentos, Mitos y Leyendas Tradicionales.
                Se aguarda con expectación la conferencia que mañana dictará la biznieta de la hermanastra más fea de Cenicienta.

                                                                           Dedicado a David Vivancos , compañero de micro-fatigas 


Fotografía tomada por Juan Morán en el Sendero del agua.¡Gracias!


miércoles, 6 de marzo de 2013

Ciento volando



Las siete y media de la mañana de un lunes. Entro en conserjería para fichar. Nuria me pregunta qué estudié. Me pilla desprevenida y le digo que soy bióloga. Si, eso ya lo sabe, pero ¿estudié zoología? ¿qué tal se me dan los pájaros?
Me lleva al cuartito donde se clasifican las fotocopias y abre una de las cajas de cartón en la que vienen los dinA4. En el fondo, sobre un lecho de recortes de periódico, hay un pájaro. No es un gorrión como los que yo rescataba de pequeña. Tampoco un vencejo como el que aterrizó un día en mi baño y después no podía levantar el vuelo debido a lo desmesurado de sus alas. Es un pajarraco grande, desproporcionado, con una cabeza enorme. Nos mira aturdido y se desliza hacia una esquina arañando el fondo con un sonido que da dentera. Tiene un mordisco en el pecho.
Yo balbuceo tordo, pero luego veo unas pintitas en el ala y me acuerdo de las nubes de estorninos que sobrevuelan los árboles cerca del instituto. Cuando ya me marcho le digo, desde la ventanilla de la conserjería, que es insectívoro, que no le dé pan mojado.
Me voy a clase. Cinco horas después regreso a casa. Por la tarde me entra como una nostalgia rara. Me asaltan imágenes de la infancia: cajas de zapatos con agujeros en la tapa y dentro gusanos de seda sobre hojas secas de morera, gorriones caídos del nido que morían ahogados entre los barrotes de la jaula que les había preparado, perros abandonados a los que arrancaba las garrapatas hinchadas como pequeños globos para luego machacarlas con una piedra y sentir un placer inconfesable…
El martes, antes de empezar con mi primera clase de biología, me intereso por el estornino. Se lo ha llevado su suegro, lo tiene en un huerto en el que no hay gatos,aunque según él los estorninos no merecen ser salvados porque son una plaga que esquilman las cosechas y roban las olivas de tres en tres: dos en las patas y una en el pico. Ya se mueve y se esconde entre los matorrales.Seguramente se recuperará.
Decido no preguntarle nada más en los días posteriores, por si acaso.
Respiro aliviada y me dirijo hacia el aula con aire marcial.

lunes, 4 de marzo de 2013

Ventana oval




La yaya Rafaela estaba sorda como una tapia. Cuando la iban a visitar al pueblo todos sus nietos, ella limpiaba con esmero la trompetilla y se la ponía en la oreja derecha. Uno por uno iban pasando los siete niños, colocando la boca sobre el artilugio. Respiraban hondo, posicionaban los labios para vocalizar y vertían sus palabras en ese colador metálico. Las palabras colisionaban entre si , giraban en hélices , se deslizaban sobre las paredes lisas y se dirigían vibrantes por el tubo hacia el tímpano descolgado, detrás del cual el alma de la abuela recogía con avidez todas las voces, las saboreaba , las retenía y las clasificaba en bolsitas de seda, que atesoraba hasta la siguiente visita.  

viernes, 1 de marzo de 2013

Rumor de pasos


                                                                                                         ( La fotografía es de Elías Ruíz Monserrat) 

Al principio parece que todo esté en orden. El viejo marino fumando su pipa en la primera página, a la izquierda. Enfrente el ingeniero canario destinado a Cuba tras la filoxera. Los patriarcas de la dinastía: varones enjutos y recios que soportan el peso de la familia desde  la memoria y la fotografía. Ninguna mujer en las páginas inaugurales del siglo XIX.
A continuación van desfilando, cada uno en su página, generaciones de hombres y mujeres perfectamente etiquetados, en varias de sus edades y actitudes. Al principio con sus miradas antiguas y sus peinados anacrónicos, después más asequibles. Siempre acompañados de sus contemporáneos, que tienen la decencia de ir envejeciendo con ellos.
Pero una vez se ha recorrido la historia de la familia con el asombro y la curiosidad que requiere la manera tradicional, se puede volver a pasar las páginas del álbum, ahora sin fijarse en los vestidos o las expresiones, sin preguntarse quién era ésta o aquel. Hay que desenfocar y desapegarse. Entonces se puede percibir una ligera corriente de aire, una vibración que recorre todas las páginas sin situarse en ninguna. Como un rumor de pasos que se adelantan o unas alas membranosas desplegándose.
Son los dos suicidas, que no saben en que página situarse y revolotean traviesos.
Ambos son personajes muy especiales, varones añadidos al árbol genealógico por matrimonio, lo que aumenta su incomodidad por estar en este álbum (¿tendremos las mujeres de mi familia tendencia hereditaria a elegir maridos suicidas?-me pregunto-¿ o somos tan insufribles que provocamos suicidios?). El caso es que a veces tienes la sensación de haberlos visto en una foto, pero luego los vuelves a buscar y no consigues encontrarlos. Aunque ambos son muy esquivos, no tienen nada que ver el uno con el otro. El suicida más reciente es un bailarín en la treintena, al que conocí en una boda familiar siendo yo adolescente, que no pudo soportar que le hubieran cesado como primera figura en la mejor compañía alemana de ballet clásico. El otro suicida se remonta a otra época- principios del siglo XX- ,a otra cultura- la alta sociedad cubana- y a otra vergüenza: un diagnóstico de enfermedad venérea incurable, e inaceptable por parte de su esposa y su familia.
Ahí están sus viudas, envejeciendo a medida que pasan las páginas  mientras sus maridos permanecen siempre jóvenes, rasgando la membrana del tiempo, jugando al escondite entre fotos de extraños : uno de puntillas , haciendo un demi-plié en todas las esquinas antes de escabullirse, y el otro tratando de seducir a todas sus futuras parientes jóvenes.
Me resulta muy desagradable que estos dos intrusos se burlen de todos, incluyéndome a mí, desde su eterna desfachatez. ¿Cómo se atreven a trastocar las coordenadas del tiempo y del espacio de esta manera, a  jugar con algo tan sagrado como el orden cronológico? Nunca pensé que un par de ectoplasmas pudieran irritarme tanto. Me están entrando ganas de hacer algo al respecto, algo así como encender una hoguera de hierbas aromáticas en la página central y esperar a que salgan tosiendo medio asfixiados.
Aquí estoy, preparada con la pala de las moscas.