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domingo, 27 de octubre de 2013

Señales

                                                                                                                Hilma af Klint

     Mi madre tenía un don especial para ver señales donde nadie más las veía. La realidad le hablaba en un lenguaje que sólo ambas-ella y la mismísima realidad-entendían.
   Un día nos dijo que la vecina del edificio de enfrente había recaído. Nadie se lo había dicho. Lo gritaban los lánguidos geranios de su balcón. Nosotros sonreímos con cierto desdén. Más adelante nos enteramos de su fallecimiento.
   Después ocurrió lo suyo.
   Aquella tarde, mientras conducía hacia el hospital, explotó ante mí un atardecer insólito, eléctrico, impresionista. Lo achaqué al viento del norte. Tampoco supe interpretar la ausencia del  gorrión en el camino de acceso. Pensé que por fin habrían pasado los de la limpieza a recoger aquel pequeño y molesto cadáver. Ni el cansancio antiguo que me sobrevino al subir las escaleras. Demasiada tensión acumulada, me dije.
   Con paciencia infinita, esperó a que cerrara la puerta. A que nos quedáramos a solas. A que acabara de contarle de todos y de todo. A que me sosegara  y la mirara fijamente. Solo entonces, comprensiva con mi ceguera ante el despliegue de señales, me avisó. Trató de explicarme, con la respiración cada vez más débil y desde su coma profundo, que había llegado el momento de decirnos adiós.




4 comentarios:

  1. Me gusta la delicadeza en detalles con la que lo cuentas. Un cuentecillo fabuloso. Un abrazo.

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  2. La vida nos habla constantemente, pero no todos tienen la capacidad o la sensibilidad para saberla interpretar, o no se paran a hacerlo. Es más fácil fijarse en lo palpable. Gracias por contarlo tan bien y por compartir este merecido y sentido homenaje.
    Un abrazo, Paz

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    1. Gracias a ti, Angel, por pasarte por aquí. Abrazo de vuelta.

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