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sábado, 30 de marzo de 2013

Todas estaban invitadas



El reencuentro, tantos años después, resultó mejor de lo esperado. Y un éxito total de asistencia.
Escondimos nuestra curiosidad ansiosa bajo una capa de risas y recuerdos cómplices para poder atravesar así la celebración con dignidad. Nos repetíamos que estábamos igual, que las personas no cambian: los mismos rasgos en la cara, los mismos tics en la personalidad. Una versión actualizada de aquellas niñitas— decíamos. Aunque repletas de cicatrices, decepciones y quilos de más— pensábamos. Ahora llenas de sabiduría y de experiencia-concluíamos en voz alta, impacientes por decir lo correcto.
                Igualitas, en el fondo, que en la foto de primero con la señorita Mari Cruz. Si acaso un poco menos nítidas que en esa fotografía, como si la vida nos hubiera difuminado con los contornos tenues de una acuarela. La última y descolorida muñeca rusa que albergaba en su interior a las diferentes niñas y adolescentes que cada una fue y que ahora iban desfilando en ese montaje audiovisual con el que tan a gusto lloramos todas.
A la mayoría las ubiqué enseguida. Algunas se resistieron hasta el momento de la primera conversación. Pero con una de ellas no atinaba. No se parecía a ninguna de las que yo recordaba. Nombre y apellidos vulgares y olvidables, nada destacable en su aspecto. Al principio no me perdonaba mi despiste, pero luego me convencí de que tampoco era tan grave el olvido de una sola fisonomía en un grupo tan numeroso. Le dediqué una sonrisa simulando reconocerla y me sumergí en el frenesí de los saludos sincopados, sin saber que su identidad quedaría flotando en mi cabeza como una incógnita durante toda la jornada. Operaciones estéticas, horribles enfermedades deformantes y otras conjeturas descabelladas se iban sustituyendo y descartando en un rincón de mi mente mientras atendía al festival de emociones en curso.
Después de la comida fuimos a hacer una visita al Colegio para poner un marco físico a nuestra supuesta nostalgia de ex alumnas. Subimos al aula de octavo de EGB. Las organizadoras habían distribuido los pupitres tal y como estaban 30 años atrás. Nos sentamos cada una en el nuestro. Reíamos nerviosas.
La única alumna a la que las monjas habían convencido para tomar los hábitos ofició de maestra de ceremonias. Se situó frente a la pizarra e interpretó una caricatura muy lograda de la madre Rosario. Las demás volvimos a ser aquellas adolescentes enfundadas en un uniforme a cuadros marrones, representando los mejores momentos de esos años compartidos, en un revival catártico y delirante.
Yo reía sin control, y a la vez miraba a las demás sin poder creer en qué se  habían convertido, en qué nos habíamos convertido. Cada una en su lugar, desbordando el espacio que ocupaban entonces. Casi todas haciendo el ganso. Eufóricas por confluir en una misma broma, deseosas de sentirnos unidas a esas mujeres tan cercanas y a la vez extrañas como unas desconocidas.
De repente caí en la cuenta de que todos los pupitres estaban ocupados. No quedaba ninguna mesa libre, aparte de la del profesor, para cuando la ex alumna-monja acabara su actuación. Sobraba una. Una gota de sudor frío me recorrió el cogote. Nadie más se había percatado de esa irregularidad.
Aterida, busqué con la vista a la intrusa.
Ella me estaba mirando fijamente con sus ojos grises como la niebla, o quizás como el plomo.
Ambas reaccionamos con la mezcla exacta de espanto y melancolía con la que se reconoce a un espectro.


                                                      Dedicado a Yolanda Fernández, amiga reencontrada.

                                                                          

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