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domingo, 13 de enero de 2013

Una casa bien amueblada


                                                                                                                 
                                                                                                                  

                                                                                                                 “ No puedo estar sola,
                                                                                                                  pues me visitan multitudes; 
                                                                                                                  incontables visitantes
                                                                                                                  que irrumpen en mi cuarto.”
  
                                                                                                                          Emily Dickinson
Uno nunca sabe lo que realmente tiene en su propia casa.
La protagonista de esta historia venía experimentando desde hacía un tiempo una serie de visiones difíciles de confesar. Esas imágenes le perturbaban profundamente. Se repetía a sí misma que ella era la dueña de la casa y su única habitante. Pero  a veces atravesaba su ánimo una suerte de dejadez, una rara melancolía que le permitía aceptar sin problemas a todos esos seres  y paisajes imposibles que vislumbraba a través de las puertas entreabiertas de las habitaciones cada vez que recorría el pasillo.
En una ocasión, en el cuarto de invitados, vio a tres relojeros judíos sentados alrededor de una mesa. Se encontraban inclinados ante el mecanismo de un reloj destripado. Tan concentrados estaban, manipulando engranajes y  ruedas metálicas, que sus cabellos encanecían por momentos y sus cuerpos se iban encorvando hacia la vejez. En lugar de la cómoda se veía de fondo la bóveda de una sinagoga ornamentada con delicados motivos geométricos.
Una tarde  encontró a un grupo de personas en el recibidor que, tras colgar abrigos y paraguas en las perchas de la pared, se disponían a elegir uno de entre todos los sueños que les ofrecía una pitonisa reflejados en el fondo nebuloso de un plato con agua.
Otro día  le pareció que un ser humano, minúsculo pero perfectamente formado, asomaba por entre los pliegues de su almohada. Lo guardó en un sobre y le hacía visitas con frecuencia. Obtenía siempre como respuesta una sonrisa agradecida. En un momento dado lo perdió de vista y enseguida tuvo la certeza de que se lo había comido un perro, aunque ella jamás tuvo uno.
De vez en cuando, en el comedor, una niña vestida de blanco le dirige una mirada antigua- como de saberlo todo- mientras se balancea en una mecedora de mimbre.
Al principio le asustaban estas presencias, pero con el paso del tiempo al miedo se añadió una nueva emoción: el deseo de comprobar cada nuevo día con qué nuevos personajes, historias y escenarios iba a sorprenderle su casa.
Hubo de todo. Una cantante de ópera, un explorador, unos corredores de maratón, su amiga de la infancia, y hasta un macho cabrío. Una vez asistió a una ceremonia fúnebre en la que todos los vivos  irradiaban un extraño brillo de azufre fosforescente. En otra ocasión alguien suave y liviano como un ángel estaba limpiando las lámparas del techo. Dentro de ella, aparte de su YO, se alojaba una compañía de teatro al completo.
También hubo persecuciones,  insectos crujientes  y una manada de perros salvajes. A veces se veía a sí misma pariendo o con los pechos rebosantes de leche. Otras veces era como si un árbol hubiera echado raíces dentro de las ruinas de su antigua casa.
Los paisajes eran variados: mercadillos, estaciones de trenes, ríos. Todo se mostraba nítido, aromático. Limpio como un estuche de lápices recién estrenado, y así de humilde.
Cada imagen insinuaba un universo y después se apagaba, dejando como un  resplandor de fuegos artificiales en el aire.


(La foto fue tomada en un pueblo fantasma del pirineo de Huesca , Jánovas, cuyas casas fueron expropiadas y tuvieron que ser abandonadas a la fuerza debido a la instalación en el valle de un pantano que jamás se construyó.Un pantano de papel y de intereses económicos expulsó a los habitantes de sus casas. Los árboles son hoy los nuevos inquilinos)

4 comentarios:

  1. Uahu, chica, has empezado a lo grande... ¡cuántos textos de una tacada! Tendré que tomármelo con calma. Enhorabuena por esta entrada de lujo en la blogosfera. Iré espiándote, no te libras.
    Besos

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  2. Un micro fantástico en todas las acepciones del término, Paz; que -como todo pieza literaria destacable- convierte lo fantástico, lo ilógico, incluso lo transcultural en algo verosímil.

    Más aplausos admirados.

    Un abrazo,

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  3. Es que la materia de los sueños y las ensoñaciones a veces es más verosímil que la propia realidad ¿ no ?
    Gracias por tus palabras Pedro. Abrazos de vuelta.

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